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La “vacuna rusa” contra el COVID-19 no solo viene a traer alguna certeza de cómo buscar una salida a la pandemia. Llega también para poner orden a la política en el gobierno de Alberto Fernández, hoy atado a un mal clima económico. El presidente tiene varios frentse abiertos desde lo interno. La salida represiva de la toma en Guernica se llevó las críticas de los sectores más allegados al kirchnerismo y las agrupaciones de izquierda del “campo popular”, a excepción de la estructura del Partido Justicialista. “No votamos esto”, fue la frase que sintetizó el descontento que, lejos de ser una ataque directo al albertismo, sí generó una ola de debates entre la militancia rentada y los que quieren que el gobierno mantenga un rumbo dentro de un contexto de centroizquierda. En Neuquén, salvo la CTA Autónoma, algunas agrupaciones barriales y de pueblos originarios, más el Movimiento Evita, la crítica de cómo se manejó la salida a las usurpaciones tuvo un gran filtro en el peronismo, para evitar tensar el clima. El gobierno nacional está envuelto en una encrucijada. Tiene que dar una señal a los empresarios, y algo de eso se habló en la reunión que tuvo el ministro de Economía de la Nación, Martín Guzmán, en una reunión cerrada con la Asociación Empresaria Argentina (AEA), donde están empresarios de la talla de Paolo Rocca y Héctor Margnetto. ¿En qué coincidieron? En buscar una salida rápida a la crisis y lograr otro acuerdo con el FMI para ganar tiempo y evitar la estampida social y económica. Pero el drama sigue siendo político. Alberto vive la misma situación que Néstor Kirchner en 2004: necesita ser ungido por la estructura del PJ. Para eso, tiene dos caminos: enfrentar a Cristina Fernández o llegar a otro acuerdo frentista, con el ruido de siempre.