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La verdadera grieta argenta

De un lado, los egoístas que rompen la cuarentena.Del otro, los que ayudan y piensan en los otros.

De un lado, los “tontos”, los “insensibles”. Los que se escaparon cuando la pandemia estaba desatada, los que buscaron un mejor rinconcito para el aislamiento, los que sortearon en Ezeiza los controles para evitar caer en cuarentena y comerse un garrón, los que ahora piden desde el exterior que Aerolíneas Argentinas los traiga de vuelta, por favor, con urgencia.

Del otro, los que llenan los ascensores de carteles para ofrecerse a ayudar a las personas mayores a hacer las compras, los voluntarios que traen repatriados, los médicos y las médicas, los enfermeros y enfermeras, todos los que ponen en la primera línea de la guerra contra el nuevo coronavirus, dándole batalla a costa de arriesgar su vida.

De un lado, los que remarcan los precios, los que te cobran el alcohol en gel como si fuera un whisky de hace medio siglo, los que arman fiesta los fines de semana aprovechando que nadie labura, los que se tiraron de cabeza a los lugares balnearios en el fin de semana largo, los que sacan a pasear el perro como excusa para darse una vuelta, fumarse un pucho en la plaza, dejar el aislamiento obligatorio por un rato.

Del otro, los que cortan el asado con amigos, las charlas interminables en la sobremesa, los que se privan de ver a un abuelo, a una madre, a un hijo, los que eligen cuidarse y cuidar a los otros, los que hacen pool de compras o les ofrecen viajes gratis en taxi a los mayores, los que hacen tutoriales en redes, los que enseñan desde su casa, los que aportan su granito de arena para que se arme una playa gigante donde descansaremos todos el día que esta pesadilla termine y volvamos a abrazarnos como tanto nos gusta.