El caldo de cultivo de los crímenes en Neuquén, que crecieron 30 por ciento entre enero y agosto de este año respecto del 2014, sigue siendo una deuda social.
A mediados de 2012 la Policía dispuso saturar las calles con el plan de cuadrículas. Se invirtió en móviles y equipamiento. Por un tiempo la saturación generó más confianza en la gente y dejó sin campo de acción a los ladrones, que migraron hacia las localidades vecinas. Y allí se incrementaron los delitos.
Los delincuentes entendieron que, si querían operar en Neuquén, debían ser rápidos y violentos. Así, el año pasado la tasa de crímenes en ocasión de robo se disparó en la provincia: llegó a 9 casos cuando, históricamente, no habían sido más de 2 o 3 hechos por año.
Hoy, a pesar de la mayor presencia policial en las calles, la virulencia en los barrios sigue en alza. Confluencia, el oeste de la Ciudad, Centenario, Cutral Co y Plaza Huincul acumulan la mayor cantidad de crímenes, en su mayoría vinculados a enfrentamientos entre bandas.
A esta altura, es necesario que el Gobierno comprenda que la seguridad trasciende a la Policía, por lo que hace falta trazar una política transversal de la que participen las áreas de Deporte, Desarrollo Social, Educación, Cultura, Salud e incluso los municipios, sin importar el color político, y así apostar a la contención de los más vulnerables. Hoy –se ve en los barrios– lo que prima es la identificación de los pibes con las bandas delictivas y narcos que se disputan el territorio.
Si esa identificación se pudiera correr de la banda a una murga, un grupo musical o un club estaríamos dando buenos pasos hacia adelante.