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La violencia y sus máscaras

El caso de Prandi muestra que la violencia de género no afecta solo a las mujeres de sectores vulnerables.

Parecía tenerlo todo. Un cuerpo escultural. Un azul intenso en los ojos. Fama. Fortuna. Una pareja feliz. La vida de la modelo Julieta Prandi parecía ajustarse a aquellos cuentos de hadas. O al menos eso aparentaba antes de confesar la verdad: su ahora ex pareja la tenía encarcelada en un infierno doméstico que demuestra que la violencia de género no está reservada solo para las mujeres de sectores vulnerables.

En una entrevista reciente, Prandi aseguró que su ex marido no la golpeó nunca, pero el hombre no necesitó de ningún puñetazo para ejercer violencia contra ella durante buena parte de la relación. La encerraba en el baño, le gritaba a unos milímetros de su rostro, le revisaba o retenía el celular, controlaba sus ingresos y su trabajo, se quedó con sus bienes y manipulaba a sus hijos en contra de ella. Todas esas acciones no son golpes, pero son violencia.

Y aunque tenga un nombre reconocido en la farándula local, Julieta sufrió de la misma revictimización que sufren muchas mujeres que denuncian violencia de género, cuando los demás ponen en duda esas palabras que logran pronunciar después de la negación y un doloroso proceso de sanación.

La violencia hacia la mujer es mucho más cotidiana de lo que sospechamos y se entromete no solo en las casillas de las tomas o entre las parejas con menos educación. Aparece como un síntoma de una cultura patriarcal que atraviesa todos los estratos de forma transversal. La violencia hacia las mujeres existe y puede esconderse tras las máscaras de presunta felicidad, tras una foto en las redes sociales que muestra una pareja perfecta, tras el currículum de una profesional exitosa o detrás de una sonrisa que se esboza para maquillar un inmenso dolor.