PABLO MONTANARO
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NEUQUÉN
Falta un poco más de una hora y media para que en el interior de la carpa ubicada en el predio detrás de la terminal de ómnibus vuelva a encenderse esa tradición, que ya tiene más de 3.000 años de historia, para sorprender los ojos de los más pequeños y, por qué no, de los adultos.
Todavía la luz del día se impone en el amplio predio y la carpa, desde afuera, es lo más parecido a un navío abandonado. Detrás de esta, levantada por unas 25 personas durante cuatro días de intenso trabajo, se despliegan los camiones, casas rodantes y tráileres donde las diez familias que componen el circo Atlas pasan las horas esperando salir a escena.
Estos vehículos no han parado de trajinar por las rutas argentinas, de norte a sur y de este a oeste. Más allá de la precariedad en las que suelen habitar por unos días en cada pueblo, este grupo de circenses llevan una vida nómada y plagada de proezas, con alegrías y fracasos, enfrentando las inclemencias del tiempo, cuestiones que forman parte de esa pasión que les fueran trasmitidas de generación en generación.
En un escenario apenas iluminado, algunos artistas ensayan sus rutinas. Johnny, el payaso enano, practica volteretas, se cae y se levanta una y otra vez hasta que le parece que está listo. Su verdadero nombre es Jonathan Brizuela, nació hace 33 años en Lincoln, provincia de Buenos Aires, y antes de ingresar al circo trabajaba y estudiaba para electricista.
A diferencia de muchos de sus compañeros de elenco, no proviene de una familia de circo. “Hace cinco años uno de los encargados me preguntó si quería arrancar en esto y la idea me encantó porque es un gran desafío hacer reír, subir al escenario y dejar abajo todo lo malo que pueda pasarte”, explica. Afirma que “su gracia” está en el “enanismo” y que esta condición no le molesta “mientras los chicos se rían y se pongan contentos, mejor así”.
Las personas que transitan esta vida en caravana sin duda tienen una genética distinta al resto de los mortales. Dicen que no tienen casa porque el circo es su hogar. Sus días pasan en esos vehículos “donde tenemos todo: internet, televisión, cocina”.
“Si bien vengo de una tercera generación de artistas por parte de mi madre y quinta por parte de padre, recién a los 22 años pude elegir el circo porque la normativa de ellos era que primero tenía que estudiar”, dice Alejandra Montes de Oca, 33 años, profesora de inglés, quien tiene a su cargo los números de magia.
Bajo la mirada de su madre, Gloria, que aún recuerda sus años de contorsionista, Alejandra cuenta que de chica disfrutaba lo que hacían los artistas. “Me asombraba cómo los chicos aplaudían al mago”, acota. Ahora es ella quien recibe los aplausos y asegura que siempre va a estar ligada a este mundo y desmiente la idea de lo sacrificado que es llevarla adelante.
Acaso el “globo de la muerte” es uno de los números más esperados por el público. Emiliano Segura es uno de los tres protagonistas de esta prueba de velocidad y cruces a más de 50 kilómetros por hora. Quien le enseñó a este acróbata los trucos para andar dentro de la estructura metálica de 4 metros de diámetro fue su hermano mayor. “Estar ahí adentro es adrenalina pura”, subraya. Su pequeño hijo Boheme (Bohemio, en francés) juega con unas lucecitas de colores. El nombre de su hijo explica el espíritu y filosofía de vida de este joven de 27 años, cuyos abuelos y bisabuelos fueron acróbatas.
“Mi hijo ya quiere colgarse de la soga, se mete en la pista, ya le tira todo esto”, dice Emiliano a pesar de que unas cuantas veces maldijo por no tener agua o luz, o andar por las rutas todo un año, “y tu casa es ese espacio reducido del tráiler, por eso te tiene que gustar muchísimo para seguir haciéndolo”.
“Amamos la vida de circo, soy quinta generación y mi hija Camila de 17 años también está en el elenco como contorsionista. No cambiaríamos por nada todo esto”, explica con énfasis Sandra Gómez, una de las acróbatas del circo Atlas.
Esta mujer nacida casualmente en Resistencia, Chaco -sus padres habían llegado a esa provincia para hacer unas funciones de circo-, se subió a infinidad de trapecios para volar y saltar en Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay y México, y asegura que lo más alto que se tiró fue desde 12 metros.
Las luces se encendieron a pleno, en unos minutos comenzará una nueva ceremonia en ese templo de proezas.
Los actores dan sus últimos retoques de maquillaje, algunos rezan o se persignan y del otro lado de las bambalinas los chicos aplauden impacientes. En segundos saldrán a la pista y por más de una hora y media harán de la ilusión y la fantasía su mejor ofrenda.