Los grandes pagan las deudas. Más tarde, más temprano. Para muchos, Messi las había acumulado por no tener grandes partidos en momentos decisivos. Para otros, estaba en cero. Todos, anoche, cuando teníamos el corazón en la garganta, la despejamos con tres gritos gracias a él, que nos llevó al Mundial con su zurda mágica.
Los mejores juegan mejor cuando más vale. Por eso son únicos. A veces, los ayuda el resto. Como a Diego, el Flaco Gareca empujando la pelota a la red para llevarlo a México 86; como el Burru ante Alemania para darle la gloria eterna. A Lio pocas veces le dieron una mano. Y ayer, sabiendo que podía quedarse afuera de un Mundial, la última chance de llegar al fondo del alma futbolera albiceleste, se hizo cargo de todo. Messi dio vuelta un partido que empezó igualito a como venía la mano. Mostró su vergüenza deportiva, sus ganas de ganar y esa clase magistral por la que muchos ecuatorianos fueron a la cancha. Para verlo a él. Para disfrutar de su fútbol. Se puso el equipo al hombro y desató un festejo contenido que evitó el mayor fracaso de las últimas décadas. Ojalá lo que ocurrió en la temible altura de Quito sirva para que ahora lo disfrutemos todos. Para ir a Rusia con nuestro estandarte agrandado, apoyado por un pueblo futbolero que anoche se paralizó durante dos horas soñando con que Messi nos ponga en Rusia. Él cumplió. Cuando una derrota lo podía hacer caer a la inmensa grieta que nos divide también en nuestra principal pasión, hizo lo que casi nadie. Lo que hace casi siempre. Ojalá Sampaoli lo rodee bien, le haga la vida más sencilla. Ojalá el equipo haya tocado fondo para resurgir. Como su capitán. Convertido en héroe, por fin, para todos.
Ojalá lo que ocurrió en la temible altura de Quito sirva para que ahora lo disfrutemos todos.