Este invierno comienza la renovación de las comisiones vecinales de la ciudad. Se trata de un particular fenómeno participativo que se ofrece cada cuatro años.
Los candidatos no necesitan grandes despliegues para hacer conocer sus propuestas. Y más allá de los recursos de los que dispongan, su propia condición de vecino es el aspecto que más se suele ponderar durante los comicios.
De las comisiones vecinales la gente se suele acordar más cuando hay un problema. Con apenas nueve miembros, tienen que lidiar con avatares casi domésticos como los baches que no se arreglan, la falta de riego en las calles o los micobasurales.
Pero últimamente están más expuestos a problemas mayores que los superan, como los cruces constantes entre el Municipio y el gobierno provincial por las pérdidas cloacales, la falta de agua o los caños vetustos que, dos por tres, ponen al descubierto el colapsado sistema de saneamiento del EPAS.
Claro que en estos comicios tanto Cambiemos como el MPN ponen a prueba la capacidad operativa de sus propios punteros barriales en la movilización de votantes y toman este proceso de renovación de las vecinales como la última prueba antes de las elecciones de fondo para intendente de la ciudad.
Las vecinales juegan un papel crucial en la vida interna de los barrios. Y no todo pasa por acciones políticas, baches o caños rotos. De la creatividad de los dirigentes se pueden conseguir verdaderos puntos de encuentro, solidaridad y promoción social, especialmente en los sectores más desfavorecidos donde los funcionarios no suelen ver los problemas como réditos de los que se pueda sacar partido.
Las comisiones vecinales suelen lidiar con pequeños problemas que, para los barrios, son importantes.