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Llegó el tiempo de soñar

Luciano Carrera

No llora Demichelis como en 2006, cuando Pekerman lo bajó a último momento y le rompió la ilusión. El golpe que se dio Maradona hace 36 años, cuando todavía era El Pelusa, fue esquivado ayer por el defensor del Manchester City y recibido por Banega, Otamendi y Sosa.
Habrá muchas lágrimas en sus casas, pocas en el resto. Sus ausencias, tras el flojo rendimiento del volante en Newell´s, no afectan el ánimo futbolero albiceleste. Puesto de lleno en las últimas horas en ese mes que detiene al redondo planeta, millones soñando con la final en el Maracaná, con conquistar el trofeo más preciado, esquivo desde hace casi tres décadas para un país que vuelve a encolumnarse detrás del mejor, sabiendo que eso no alcanzó en Sudáfrica, pero que, otra vez, hay razones para soñar.
Renovar la esperanza es costumbre en estas tierras. Dentro y fuera de la cancha. Empezar de cero no es nuevo, y creer en algo fervientemente para después ver cómo se nos deshace el sueño en mil pedazos tampoco. ¿Pero de qué otra forma puede uno  comprarse un Led (en el 86, a casa llegó el primer televisor color y valieron la pena las 40 cuotas pagadas), marcar los partidos en la agenda, juntarse con amigos, inventar asados o excusas en el trabajo -o la escuela-, poner en segundo plano la pareja o los hijos por un rato, comerse las uñas en cada desafío argentino, recordar cábalas o inventar nuevas si no es con la chance de dar la vuelta olímpica? ¿De qué sirve que el Mundial sea en Brasil si no aspiramos a dar un segundo Maracanazo? ¿Para qué le compramos una Celeste y Blanca hasta a la mascota si miramos de reojo a una defensa que no nos deja dormir en paz? Llegó el momento de disfrutar, de sentirnos vivos, de saber en qué parte del pecho nos late el corazón. Para sufrir, hay de sobra.