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Lo que deja Tucumán

Daniel Capalbo
Las turbulentas elecciones en Tucumán –con acusaciones de fraude y hechos de violencia– parieron la primera foto de la oposición unida. Massa, Macri y Stolbizer y Sanz, casi al unísono, pidieron hacer un esfuerzo para modificar el sistema electoral de aquí al 25 de octubre para ir con voto electrónico y lista única. 
Mientras esto ocurría, la Justicia Electoral tucumana intentaba hacer el recuento de votos para el escrutinio definitivo cuando la Gendarmería, que custodiaba el acto, detuvo a cuatro fiscales de distintos partidos con dos mil votos escondidos entre sus ropas, que intentaban cambiar por otros tantos votos emitidos. Es probable que semejante desfachatez no se viera en la Argentina desde la Década Infame (1930-1943). Las denuncias en Tucumán tuvieron asidero y hasta pruebas tangibles, con la quema de 40 urnas, y al verificar otras cargadas con votos antes de comenzar los comicios. Lo demás fue el estallido de indignación de buena parte del pueblo tucumano al tanto, por ejemplo, de prácticas clientelares (como entrega de bolsos de comida a cambio del sufragio) en el este de la provincia, en cuyos paupérrimos pueblos todavía es corriente el voto cantado. 
El candidato del FpV, Daniel Scioli, salió a bancar al pollo de José Alperovich en Tucumán y le pidió a Mauricio Macri que acate la voluntad popular. La diferencia lograda (54% Manzur, contra 40% Cano) era demasiado alta como para endilgarle esa victoria al fraude y pedir que se anulen las elecciones. 
Pero junto con los hechos y las conmociones –primero fueron las inundaciones y ahora la ira tucumana– asomaron las dudas. ¿Podrá Daniel Scioli salir indemne del estado de crispación social que lo persigue, paradójicamente, desde el día en que ganó holgadamente las elecciones primarias?