Mario Cippitelli
Desde hace tiempo que los choferes de colectivos son el blanco de las broncas, la impotencia, el malhumor de los usuarios, y también de la delincuencia, que siempre aprovecha la ocasión para hacerse de humildes botines, como celulares, relojes, camperas y hasta equipos de mate.
Sin saberlo -o sin importarle demasiado-, la gente los responsabiliza de todos los males vinculados con el transporte público de pasajeros, que nunca fue eficiente en la ciudad de Neuquén y hoy atraviesa un momento delicado.
La agresión a un chofer ocurrida el miércoles a la noche por parte de un hombre que se había quedado sin crédito es una muestra más de la intolerancia que tienen algunos usuarios -no todos, aclaran los colectiveros- ante situaciones que exceden la responsabilidad de quienes manejan los coches.
La situación es compleja. Los choferes piden más presencia policial, pero reforzar la seguridad en los micros implicaría destinar recursos importantes para un sector que representa un pequeño porcentaje de la sociedad. Se podría pensar que, si se subiera un policía a cada colectivo, sería la solución. Pero desgraciadamente no lo es. Al contrario, podría ser contraproducente porque cualquier situación de tensión podría desencadenar en algo más serio.
Si el reclamo fuese la inseguridad por la delincuencia común, tal vez la solución sería revisar y buscar mecanismos de prevención. Pero lo que más denuncian los colectiveros son los hechos de violencia doméstica, esos que se desencadenan por las broncas acumuladas o las reacciones de la deficiencia del servicio.
Ante eso, no hay remedios o soluciones mágicas. La única salida sería que se mejore el transporte. Y -obviamente- cambie el malhumor de algunos irascibles usuarios.