Por Humberto Zambon
L a economía mundial tuvo durante 2011 un año difícil, con pronóstico negativo para el corriente año. Como repiten hasta el cansancio los medios especializados, “en el horizonte de la economía globalizada se presentan negros nubarrones” que, de alguna forma, van a afectar a nuestra economía y que es preciso tener en cuenta para entender las medidas de política económica que se están adoptando. El panorama es:
• Agudización de la crisis europea, que según los pronósticos del FMI tardará varios años en revertirse.
• Incremento del doble déficit, externo y fiscal, de Estados Unidos y la pérdida de valor relativo del dólar.
• La disminución de la tasa de crecimiento de China.
• Mayor suba en el precio del petróleo, que depende de la situación política en Medio Oriente.
• Lo más grave para nosotros: la disminución en la tasa de crecimiento de nuestro principal socio comercial, Brasil. En los gráficos se puede ver la clara tendencia descendente de la tasa de crecimiento del producto brasileño.
Por su parte, a nivel mundial, hay una disminución en la tasa de crecimiento del comercio internacional (todavía positiva) y la OMC (Organización Mundial del Comercio) estima una nueva disminución para este año (se estima en el 3,7%).
Los analistas internacionales, economistas neoliberales y la prensa “seria”, que viene anunciando el fracaso de la actual política económica prácticamente desde sus inicios, sostienen que el éxito de estos últimos nueve años se debe al “viento a favor” que significó el aumento de demanda y de precios de nuestros productos de exportación; ahora ven con satisfacción cómo la crisis corta ese impulso y vuelven a apostar al fracaso del país.
Lo del “viento a favor” no es cierto: el comercio externo es un factor importante pero explica solamente el 13% el crecimiento de la demanda, mientras que el 87% restante se debe al aumento del consumo e inversión privada y pública. Para el último año (que el PBI creció al 8.9%) las exportaciones explican sólo un 4,4% del total. De todas formas, la repercusión de la crisis es inevitable (especialmente, reiteramos, por la desaceleración de Brasil), que se pone de manifiesto por distintos indicadores del año pasado:
• Desaceleración del crecimiento del producto industrial a partir del segundo trimestre (en el último trimestre de 2011 fue de sólo 2,1%). Paralelamente, disminución de la tasa de crecimiento de las inversiones privadas. Se reflejó en una leve disminución de la tasa de crecimiento del producto, que sigue siendo muy alta (7,3% para el 4º trimestre de 2011 respecto al mismo del año anterior y 8,9% para todo el año).
• Reducción del superávit fiscal, que tuvo signo positivo desde el año 2003. En el 2011 el superávit primario (es decir, antes de pagar los intereses de la deuda) representó solamente el 0,3% del PBI, con lo que -pagados los intereses de la deuda- el resultado fiscal final fue negativo y equivalente al 1,7% del PBI, cifra que, si bien cumple con los requisitos habituales de ser inferior al 3%, es preocupante porque marca una tendencia.
• El punto más débil que mostró la economía argentina en el 2011 fue la balanza de pagos, lo que ha hecho resurgir la sombra de la limitación externa: el saldo de la cuenta corriente, altamente superavitaria desde 2003 y hasta 2010, disminuyó en el 2011 a sólo 18 millones de dólares (debido al aumento de importaciones de combustibles y otras correlacionadas con el crecimiento económico y la remesa de utilidades al exterior por parte de las empresas trasnacionales). Cabe señalar que la remesa de ganancias representó el 51,5% del superávit comercial del año. Con el pago de deuda y movimiento de capitales, la balanza de pagos cerró con un saldo negativo de 2.179 millones de dólares.
• A lo anterior se suma la fuga de capitales, que durante el año 2011 fue de 1.792 millones de dólares de promedio mensual, con un pico en septiembre de 3.251 millones (2.976 millones en octubre) por los rumores de una supuesta e inminente devaluación.
Si de algo puede preciarse la actual conducción económica es de la rapidez de sus reflejos políticos. Una vez finalizadas las elecciones de octubre (que lógicamente condicionaban las posibilidades decisorias) lanzó rápidamente una serie de medidas para modificar este escenario:
• Limitación y control de importaciones, buscando que los distintos sectores equilibren su balanza comercial y, por otro lado, fomentando la sustitución de importaciones. El resultado fue muy rápido: en enero el saldo de la balanza comercial fue favorable en 550 millones de dólares y en febrero en 1.741 millones; parece razonable esperar para este año un saldo favorable superior a los 10.000 millones de dólares.
• Control sobre las transacciones con divisas, que -conjuntamente con el cambio de expectativas- prácticamente terminó con la fuga de capitales (en noviembre de 2011 bajó a 442 millones y en diciembre fue levemente negativa).
• Eliminación selectiva de subsidios tendiente a la reducción de ese importante gasto.
• Cambio del estatuto del Banco Central, convirtiéndolo en una herramienta apta de política económica.
• Por último, la expropiación del 51% del capital accionario de YPF, empresa responsable del vaciamiento energético argentino (en el 2011 el balance del comercio externo energético fue por primera vez en muchos años negativo en tres mil millones de dólares). Además de la importancia que tiene para el país la recuperación del manejo de este recurso estratégico, hay que subrayar el mensaje más o menos explícito que tiene para todas las empresas trasnacionales: la prioridad debe ser la reinversión en el país de las utilidades y no su remisión al exterior. La información periodística, con los anuncios de inversiones y variados planes de expansión, muestra que el mensaje ha sido bien entendido.
La crisis de fines de 2008/2009 fue superada, con una fuerte disminución de la tasa de crecimiento, gracias a una política económica adecuada, de apoyo a la demanda interna. Todo parece indicar que con la actual tormenta económica pasará algo similar 2