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Iluminar la capital de Neuquén no fue tarea sencilla para quienes tuvieron que administrar el pueblo en los primeros años del siglo pasado.
A fines de 1910, las autoridades se contactaron con una empresa de Buenos Aires (José A. Nogues y Cía.) para pedir un presupuesto para la instalación de un alumbrado público alimentado. Se trataba de la marca Falucho, que consistía en una serie de focos que tardaban muy poco en encenderse, tenían “apagado automático” y contaban con un depósito de combustible con capacidad para 15 días.
En el pueblo, en tanto, todos estaban intrigados por saber cómo quedarían las calles iluminadas. Todos miraban con atención cómo los operarios municipales comenzaron a instalar los farolitos con el apoyo de un técnico de la empresa que había llegado de Buenos Aires.
El 25 de Mayo, aquel esperado día, todo el pueblo salió a la calle cuando caían las primeras sombras de la noche. Y así, todos los faroles fueron encendidos, en medio de aplausos y exclamaciones. Pero la alegría duró poco. Al transcurrir los minutos, cada una de las luminarias se fueron apagando hasta que quedó una sola con luz.
El sistema que había comprado el Consejo era un verdadero fracaso y no contaba con ninguna de las características que la empresa había promocionado: encendido fácil, apagado automático y reserva de combustible suficiente.
Fue Abel Cháneton el que envió una nota a la firma de Buenos Aires para anunciarle que enviarían los focos defectuosos y que esperaba la devolución del dinero que el Municipio había enviado como parte de pago. “No los quiero ni en forma de regalo, porque no sirven…”, remató en la carta, indudablemente enojado.