Por MARIO CIPPITELLI
Red Solidaria realiza recorridas todas las noches para asistirlos. Los voluntarios son el nexo necesario para que intervenga el Estado.
Neuquén > Hubo quienes tuvieron una vida normal. Algunos pertenecieron a la clase media y hasta llegaron a ser comerciantes o pequeños empresarios. Otros nunca conocieron lo que es un hogar o una vida digna, y desde que se acuerdan sufren la exclusión. La inmensa mayoría terminó con problemas mentales o adicciones. Todos viven en la calle.
Terminar en la calle no es una frase hecha o un lugar común. Es una realidad para una veintena de personas que sobreviven en Neuquén y ya son parte del paisaje urbano. La ciudad los cobija con lo que puede, los alimenta con sus sobras, los contiene a su manera.
Igual que en Estados Unidos y otros países del primer mundo, el fenómeno de los “homeless” (los que no tienen hogar) también se destaca en este rincón de la Patagonia. Cada uno tiene su historia particular, con matices más o menos dramáticos o tristes y un nombre o apodo que apenas sirve de identificación. Son Juan, Jaime, María, el Chueco… es el último vestigio que indica que alguna vez fueron ciudadanos con nombre y apellido, con un documento y hasta con una edad, hoy desdibujada y confusa por los estragos de la calle.
Lo más llamativo es que los reniegan de cualquier ayuda que pueda volver a incluirlos en el “sistema”. Lo sabe la gente de la organización Red Solidaria, que los conoce y trabaja con los casos más graves todos los días.
“Podemos sacarlos de la calle, pero en poco tiempo vuelven”, reconocieron Alberto Cámpora y Marcelo Castro, dos referentes de esta ONG que sirve de nexo entre los excluidos y los organismos estatales que pueden darle contención.
Un grupo de voluntarios de Red Solidaria realiza las recorridas nocturnas por las calles de la ciudad en busca de todos aquellos que estén en condición de riesgo. Les ofrecen una manta para pasar el frío, una taza de sopa o el traslado hasta el hospital, en caso de que sospechen alguna enfermedad. Es una asistencia inmediata para atender la urgencia que, en el invierno, está asociada con el frío y el riesgo de la hipotermia. “Lo primero que tratamos de resolver es que no pasen frío”, indicó Cámpora.
El hecho de que renieguen de ayuda para volver a tener un hogar o un techo parece algo inexplicable. Es una especie de adicción o imán que tiene la calle. Por eso todos vuelven, tarde o temprano, a este increíble modo de vida.
“Hubo casos en los que le conseguimos un departamento y hasta una pensión a través de Acción Social para que puedan vivir dignamente, pero el cambio les duró poco y volvieron finalmente a la calle”, dijo Cámpora.
La gente de la calle no siempre es fácil de identificar a primera vista. Están aquellos que se entregan a la droga o el alcohol y el abandono personal es notorio. Viven sucios, vestidos con harapos, escondidos detrás de barbas y pelos desgreñados, aferrados a una caja de vino o una botella de alcohol puro, como si se tratara de una reserva de combustible vital para poder vivir.
Son los más difíciles de contener, precisamente por las adicciones. Muchas veces se ponen violentos cuando no encuentran ese refugio para esconderse de la realidad. Viven en una burbuja hermética en su pequeño mundo marginal frente al peligro de que mueran en una pelea por una discusión banal o se los lleve una helada cuando el invierno no da tregua.
Mimetizados
Sin embargo, también están los otros, los que a primera vista parecen personas comunes, que cuidan su aspecto y se confunden en la calle con el resto de la gente. Cámpora y Castro explicaron que hay casos notables en las terminales de ómnibus. Se los ve sentados, como esperando la llegada o partida de un colectivo, pero con el correr de las horas son los únicos que no se mueven en medio del enjambre frenético de pasajeros que se agolpa en las puertas que se asignan para cada viaje.
Ellos también viven a su modo. Utilizan los baños para asearse, lucen ropas relativamente presentables y “ligan” algún café con leche con medias lunas a la mañana por la caridad del mozo o el dueño de la confitería.
Cuando se cansan de estar en su lugar, deambulan para distraerse. Recorren las calles neuquinas, miran vidrieras y hasta se relacionan con el resto de las personas. A la hora del almuerzo o la cena, pasan por la zona de restaurantes en el microcentro. Saben que de la enorme cantidad de comida que sobra y que tendrá como destino la basura, una buena porción será para ellos. Y que será suficiente para seguir sobreviviendo. Muchos, según los voluntarios de Red Solidaria, fueron abandonados por sus familias por problemas de salud mental. No parecen ser a simple vista casos graves, pero sí lo suficientemente atípicos para quedar excluidos de lo que alguna vez fue su hogar.
Inocentes
Los chicos constituyen un capítulo dentro de la gran la historia de los que viven en la calle y son los que más atención generan a la hora de la asistencia.
Muchos se ganan el pan limpiando los vidrios de los autos, haciendo malabarismo en los semáforos o vendiendo estampitas o tarjetas. Como el resto de los “sin techo” también se sienten cobijados con la gran ciudad. De ella se alimentan y aprenden a cuidarse, a moverse, a sobrevivir.
Algunos tienen apenas 6 ó 7 años. Nunca conocieron lo que es un juguete porque tampoco supieron lo que es vivir en una familia constituida. A veces son los mismos padres los que los mandan a buscar algo para comer o es la madre la que los acompaña a trabajar o mendigar. Los que tienen más suerte regresarán a su casa porque son muy chicos. Los más grandes vivirán la adrenalina que genera la calle y la noche.
“Para nosotros son la prioridad. Es innegociable cuando vemos a un chico durmiendo en la calle. Por eso damos aviso inmediato a la Defensoría del Niño”, dijo Cámpora, aunque reconoció que la medida tiene un efecto de corto plazo. Al tiempo, esos mismos chicos también vuelven a la calle.
Locos, adictos, marginales, inocentes. Personajes de la otra Neuquén. La rebelde, la sinvergüenza.
La calle los seduce, los devora, los escupe y los vuelve a seducir, en un dramático ciclo que no tiene fin.
Ellos aceptan el juego sin demasiadas expectativas que la de poder vivir el día.
Lo hacen a sabiendas de que el destino difícilmente les dé una segunda oportunidad.