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Luca Pacioli y la partida doble

El gran matemático italiano publicó “La Summa”, la primera enciclopedia de matemática, y “La Divina Proporción” junto a Leonardo da Vinci, pero se lo recuerda sobre todo por lo que Max Weber consideró una de las herramientas que hicieron posible el surgimiento del capitalismo: los principios contables de la partida doble.
Por Humberto Zambon

Fray Luca Pacioli fue un franciscano que se dedicó a las matemáticas, las enseñó; fue uno de los primeros en preocuparse por el cálculo de probabilidades, escribió obras de divulgación y trascendió históricamente por ser el inventor de la partida doble y, en consecuencia, es considerado como el fundador de la contabilidad moderna. Nació en 1445 y murió en 1517 (aunque algunas fuentes sostienen que fue en 1514, lo que no cambia mucho las cosas).
En 1494 publicó “La Summa” de aritmética y proporciones, que es considerada la primera enciclopedia de matemáticas pura y aplicada, que tiene el enorme mérito de estar escrita en lengua vulgar, lo que hizo asequibles los conocimientos a todo el mundo. Se trata fundamentalmente de una obra de divulgación, aunque tiene algunas ideas originales, como la partida doble para la contabilidad, que él consideraba una rama de las matemáticas aplicadas.

La divina proporción
Trasladado a Milán, se hizo amigo de Leonardo da Vinci y con su colaboración publicó “La divina proporción”, dedicado a la relación áurea, conocida desde la época de los pitagóricos, que Da Vinci bautizó como “el número de oro”: dados dos números, a y b, si la proporción entre ambos (a respecto de b), es igual a la proporción entre la suma de los dos y el número a, estamos ante una divina proporción; en la notación convencional se escribe así (a+b):a::a:b y se lee: “a+b” es a “a” como “a” es a “b”. El valor de la relación es 1,61803…  Ese valor se da en forma aproximada en numerosas relaciones que se pueden establecer en la naturaleza, por ejemplo en las caracolas o en el cuerpo humano, comparando la altura de una persona con la distancia entre el suelo y el ombligo. En geometría, las diagonales de un pentágono regular se cortan según la razón áurea; si se cumple con los lados de un cuadrilátero refleja la perfecta armonía; este último tiene, además, varias propiedades interesantes, por ejemplo, si a un rectángulo que cumple con la proporción áurea se le saca un cuadrado, el nuevo rectángulo que queda también la cumple. Para Pacioli fue la confirmación de que la matemática está indisolublemente ligada a la belleza y a la simetría y esta relación ha dominado las artes desde el renacimiento. Representa la figura proporcionada y armoniosa; es una relación tan natural en el hombre que, sin darnos cuenta, está presente continuamente en el mundo contemporáneo.  Hagan una prueba: tomen un libro cualquiera y midan su tapa (alto y ancho) y hagan la división; tendrán una aproximación al valor del “número de oro”; lo mismo con una tarjeta de débito o crédito cualquiera. Y podríamos dar muchísimos ejemplos más. El libro “La divina proporción” se publicó en 1497, con ilustraciones y esquemas de Da Vinci (“¡No tenés ilustrador!” debe haber pensado el bueno de fray Luca).

Para dedicarse al comercio
Pero volvamos a lo nuestro. En “La Summa” escribe: “Como es bien sabido, quien quiera dedicarse al comercio  y operar con la debida eficiencia necesita fundamentalmente tres cosas… La principal de ellas es el dinero… La segunda cosa que se precisa para el tráfico mercantil es ser un buen contador y hacer las cuentas con gran rapidez… La tercera y última cosa necesaria es la de registrar y anotar todos los negocios de manera ordenada, a fin de que se pueda tener noticias de cada uno de ellos con rapidez”. Y, como parte de las matemáticas aplicadas, desarrolla los principios de la contabilidad: los libros necesarios y –como gran aporte- los principios de la partida doble. Se le asigna también el invento de las fichas móviles de contabilidad, tan usados en la administración moderna.
El fundamento de la partida doble es, como el de casi todas las cosas importantes, muy simple: se reduce a los siguientes principios:  1- No hay débito sin crédito ni crédito sin débito; 2- Se debitan los aumentos del activo, disminuciones del pasivo y los gastos. A la inversa, se acreditan las disminuciones del activo, aumentos del pasivo y los ingresos o ganancias; 3- La suma de los débitos es siempre igual a la suma de los créditos.
Con el uso de la partida doble se evitan errores, se dificultan las adulteraciones y se facilita enormemente los controles. Toda la contabilidad desde el siglo XVI está basada en ella, ya sea que se usen los grandes y pesados libros del siglo XIX, la contabilidad mecanizada popularizada en el siglo XX y también en la contemporánea computarizada.
La partida doble denuncia cualquier error de números y omisión, como bien sabe cualquier persona que haya trabajado en contabilidad y tenido que buscar esos “tres malditos centavos que impiden cerrar el balance”. Y sobre esto hay una ley de Murphy: “El tiempo que se necesita para encontrar esa diferencia es inversamente proporcional al plazo que tiene el contador para entregar su trabajo”.
El invento de Lucas Pacioli tuvo diversos reconocimientos. Quizá el más importante sea el de Max Weber, quien sostuvo que el capitalismo moderno fue posible por dos razones: por la aparición de la ética protestante y por el descubrimiento de la partida doble.
De todas formas, creo que el mejor homenaje que he escuchado es el que involuntariamente le hizo hace unos años Guillermo Ferreri, profesor de contabilidad de la Universidad del Comahue. Mientras conversábamos en un pasillo de la universidad le pregunté sobre qué novedades importantes había en su especialidad y él, muy serio, me respondió: “Desde Lucas Pacioli en adelante… ¡Ninguna!