Luis Sartori
El ministro Gastaminza acaba de sugerirle al Municipio que los semáforos queden intermitentes por las noches en los cruces más riesgosos de la ciudad de Neuquén. El sistema nació en Europa, para agilizar el tránsito nocturno en los puntos atiborrados de día pero poco transitados al caer el sol. En este país -la argentinidad al palo- se le agregó una utilidad: evitar ser víctima de un robo. El partido de San Isidro fue el primero en aplicarlo en una red de 126 semáforos, allá por 1997, entre las 21 y las 7. Los barrios pioneros: Martínez, Beccar, Boulogne, Lomas de San Isidro y La Horqueta, todos de alto nivel económico. Larga década y media después, en la Capital Federal y todo el Gran Buenos Aires la excepción se convirtió en regla porque, claro, la inseguridad es un animal voraz. Hoy, allá, es raro el conductor que no siga de largo ante un semáforo -incluso en rojo rabioso- después de las once de la noche. A veces, con suerte, antes de cruzar toca un poco el freno para otear a derecha e izquierda y despejar la duda cruel de si vendrá otro vehículo con la misma intención de surfear el semáforo lo más rápido posible. Si el que conduce es otro, un remedio casero -sólo para creyentes- es santiguarse.
La intensidad del tránsito neuquino todavía está a años luz del capitalino y el granbonaerense, pero ¿es necesario elegir entre la seguridad vial y el riesgo de ser asaltados?; ¿qué resulta más importante: evitar robos o prevenir accidentes?; si manejo a 150 km por hora o en zigzag, ¿es para que no me alcancen los ladrones?
La inseguridad es un problema enorme en las ciudades que crecen. Pero es inútil apelar al ibuprofeno para curar una enfermedad que requiere cirugía mayor.