Tristeza y desilusión. Eso nos genera por el momento la vuelta del tren interurbano a aquellos que pensamos que se trataba de la gran noticia del año para la región.
Si bien encienden una alarma los cincos desperfectos mecánicos en menos de dos meses que sufrieron las dos formaciones que llegaron al Alto Valle, es más preocupante la utilidad del servicio.
Cada unidad tiene una capacidad para albergar a 140 pasajeros sentados y este diario pudo comprobar que en las frecuencias de la mañana no superan las 30 personas las que realizan este trayecto de 6 kilómetros.
De los que vienen de Cipolletti, la mayoría lo usa para realizar trámites, principalmente bancarios, y muy pocos para ir a trabajar. En cambio, desde Neuquén, sí son más los que se dirigen a sus puestos laborales en la zona céntrica de la vecina ciudad. Por la tarde los números no varían, pero sí el motivo: la recreación.
Era entendible que en las primeras semanas se produjera este fenómeno “turístico” por el regreso tras 22 años, sin embargo, ya no es motivo de festejo. ¿Por qué? Cuando se anunció con bombos y platillos, se planteó que el tren permitiría descongestionar un poco el caótico tránsito y ser una opción más de transporte para la clase trabajadora. A priori, no cumple ni remotamente esos objetivos.
Un párrafo aparte merece la falta de información oficial. No se brindan datos sobre la cantidad de pasajeros y tampoco son claras las respuestas cuando hay problemas con las formaciones. Es como si no importara que el usuario se entere si puede viajar. Ante tantas señales de alerta, está claro que por ahora el tren está en el debe.