Malbec: números y perspectivas de un vino exitoso

El 17 abril es el Día Mundial del Malbec y los festejos arrancan esta semana. Qué se celebra y qué hay que saber para entender esta reconocida variedad.

Joaquín Hidalgo
hidalgoj@lmneuquen.com.ar


El malbec era un completo desconocido en el mundo hasta que Argentina lo llevó a la góndola global. No fue un proceso simple, sí uno exitoso. Tanto, que nuestro país hoy concentra unas 39 mil hectáreas de la variedad (1 de cada 5 del total del país), mientras que Francia, su cuna histórica, apenas supera las 5 mil y es el segundo país en superficie cultivada.
Pero esa importancia no siempre fue así. De hecho, unas 29 mil hectáreas fueron plantadas a contar de 1990 con un grueso de 21 mil a contar de 2002. Lo que supone un gran esfuerzo de producción. De esa nueva oferta de uvas malbec nace un lugar nuevo en el mundo: de un varietal de aromas frutales, boca mullida y paso carnoso, ahora se consigue toda una nueva oferta de estilos y gustos vinculados a nuevos viñedos de altura, más delgados y de aromas balsámicos.

¿La razón? En la última década se plantaron unas 10 mil hectáreas por arriba de los mil metros sobre el nivel del mar, con un techo de hasta 3111 en Salta. Esos nuevos terruños de Valle de Uco, Pedernal en San Juan y Valles Calchaquíes determinan una nueva oferta de sabor, que es hoy la promesa de la renovación del varietal.

Así, la altura configura un inédito mapa para la variedad que, al mismo tiempo, supone una nueva oferta estilística a nivel global. Veamos unos número más para refrendar el fenómeno: desde 2002 se exportó siempre de forma creciente en dólares, desde uno 14 millones de dólares hasta 455 millones de la misma moneda en 2015. Eso sin contar el mercado interno, donde se vendieron en 2015 unos 96 millones de botellas. Todos datos del Observatorio Vitivinícola. Es por lejos la variedad más consumida de Argentina, tanto fuera como dentro del país.

hectáreas de la Argentina están sembradas con esta variedad.

Siglo y medio atrás

La historia cuenta que el 17 de abril de 1853 se firmó el decreto que dio forma a la primera escuela normal de agronomía. De ella, el primer director fue un agrónomo francés, llamado Miguel Amado Pouget, que tenía como base Santiago de Chile. A lomo de mula cruzaron así las primeras estacas de malbec, que habían llegado al país trasandino proveniente de Burdeos, Francia, donde la variedad estaba difundida por aquellos años.

Aquí creció y prosperó un nuevo sentido. Mendoza no es Burdeos, ni el clima se le parece en sol y humedad; tampoco los tipos de suelos. De forma que una uva que daba vinos tintos con color, pero mediocres en sabor, encontró aquí su lugar en el mundo. Fueron los primeros viticultores quienes se encargaron de seleccionarlo por observación: las plantas que mejor se comportaban fueron elegidas y multiplicadas, así, a lo largo de 163 vendimias.

Pasaron tres cosas en el mundo para que el malbec finalmente descollara. La primera es que la filoxera –la plaga que acabó con los viñedos franceses– terminó junto con la helada de 1957 con las hectáreas que había en el país galo. Por lo que Argentina se convirtió así en un reservorio genético para la variedad.

La otra fue la irrupción de nuevos mercados de consumo en el mundo. Países como Estados Unidos y Canadá incorporaron el sabor de un vino fácil de beber con rapidez. Tanto, que esos dos países, junto con Brasil e Inglaterra, son los principales compradores de malbec del mundo.
Hubo un tercer factor: los asesores externos. Ellos llegaron en la década de 1990 para potenciar el trabajo de las bodegas locales. Enólogos y viticultores como el norteamericano Paul Hobbs, los italianos Alberto Antonini y AttilioPagli, los franceses Michel Rolland y Jack Lurton, descubrieron un vino rico, mullido y frutal que era único en el mundo. Y lo empujaron en el orbe, junto con el esfuerzo de los bodegueros locales.

Los nuevos estilos

Así las cosas, la década pasada, cuando el malbec ganó altura sobre los cerros, vio nacer un nuevo estilo de vinos que hoy gana la góndola. No se trata más de malbec confortables y cosmopolitas, sino de tintos con tensión y bocas más sofisticadas. De modo que Argentina tiene hoy dos diferenciales grandes a la hora de hablar de malbec: por un lado, la mayor superficie del globo y el mayor negocio; pero, por otro, la mayor diversidad estilística y gustativa. Algo que, cuando el resto del mundo empiece a producirlos –como ya sucede en Margareth River en Australia, Lodi en California, o el propio Cahors en Francia– ofrecerá un clúster de gustos que se sumará a una movida global.


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