Si usted cree que en las elecciones de la AFA hubo tongo, déjeme decirle que es un mal pensado. ¿En qué se basa para sospechar de un grupo admirable de personas sin una sola mancha en sus currículums, capaces de organizar tan admirablemente un acto de civismo ejemplar? En un fútbol perfecto, impoluto, en el que se puede ir a la cancha en familia, los arbitrajes son intachables, los torneos se exportan por la originalidad de su formato y no hay un solo dirigente sospechado ni vinculado a las barras, es imposible ver una mano negra. Entiéndalos. Pobrecitos. En 80 años apenas votaron cuatro veces, y la urna que se utilizó en la histórica noche del jueves la fabricaron hace décadas y no la usaban desde 1991, la única vez en la que el invicto Julio Grondona expuso su corona y ganó raspando: 40 a 1.
Estos probos e inmaculados dirigentes fueron traicionados por unos pegajosos papelitos.