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¿Mi plata no vale?

Rodrigo Conti

El daño colateral del boom petrolero explota aunque todavía soterrado, pero crece a la sombra del magnífico nuevo horizonte de la industria hidrocarburífera. Esa noción sobre los efectos no intencionales ni planeados ha comenzado a extenderse más allá de los factores puramente económicos.
La anécdota de las inmobiliarias que restringen sus alquileres solo a gerentes de compañías del sector aparece como la puerta de entrada a un fenómeno absolutamente complejo e invita a teorizar sobre las ideas de modernización, como el correlato social del desarrollo económico. Sucede que el fruto deseado por el resurgimiento de la actividad en Neuquén conlleva algunas secuelas que deberían encender luces de alerta a las autoridades y a la propia comunidad.
Nadie podrá dejar de celebrar que la provincia haya quedado al tope nacional de la creación de empleos en el sector privado (aumentó un 8,29% en el segundo trimestre), o aparecer como el segundo distrito argentino con los sueldos más altos, con un promedio de 20.374 pesos. Sin embargo, los desafíos de ese Estado que goza de las mieles de una industria que cerrará 2014 con la mayor inversión histórica -serán 5.000 millones de dólares- obliga también a articular equilibrios para evitar cualquier tipo de fractura social. Los precios de los alquileres, para retomar el ejemplo, responden a una simple ecuación del mercado: hay poca oferta para la enorme demanda y un contexto de salarios elevados. Ahora bien, que esos mismos actores limiten su oferta a los empleados petroleros roza la discriminación, en una especie de engendro alarmante. Por eso, cada vez que la sociedad mire al costado cuando un petrolero se meta adelante en la fila, estará contribuyendo a la distorsión de valores que nada tienen que ver con el petróleo.