Esa invitación, con el objetivo de intentar estrechar vínculos entre la fuerza y la sociedad civil, ocultaba parte de la historia de ese lugar. Como afirmó Noemí Labrune: “El Ejército finge abrir sus puertas, mientras oculta las pruebas del genocidio”, ya que consideraba que si la cosa era mostrar y no ocultar, el “dueño de casa” debía convocar a los sobrevivientes de La Escuelita para que contaran al público los suplicios que padecieron en el centro clandestino de detención que funcionó en el predio del batallón. Ya que el propio Milani supervisaba estas actividades.
El grave error político de sostenerlo en su cargo es lo más parecido a una traición a la política de derechos humanos que promueve el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, porque a esta altura Milani aparece como un personaje de oscuro prontuario represivo de los 70.