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Murió Argibay, la mujer que llevó Kirchner a la Corte

Tenía 74 años. Fue la primera jueza nominada para el máximo tribunal.

Buenos Aires
Coleccionista de lechuzas en miniatura, buena cocinera de paellas, adicta al yoga (y a los rompecabezas y a Mozart), aficionada a tocar el violín y fumadora irremediable, Carmen María Argibay, la primera mujer en la historia nombrada para la Corte Suprema argentina, murió ayer a los 74 años de un paro cardíaco en el Instituto Argentino de Diagnóstico, donde había sido internada el 30 de abril por un enfisema pulmonar sumado a afecciones cardíacas y renales. Sufría de EPOC y será velada en el edificio de Tribunales.
Hija de un médico que fue ministro de Salud de la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu en 1955, había nacido el 15 de junio de 1939 en Buenos Aires y se había criado en Cinco Saltos, Río Negro. Su hermano Agustín es gerente de la frutícola Kleppe y fue candidato a gobernador por Recrear en 2003.
Argibay -presa política en Villa Devoto durante 9 meses en la última dictadura- integraba la Corte desde el 3 de febrero de 2005. Hasta entonces integró el Tribunal Criminal que juzgó crímenes de guerra en la ex Yugoslavia: hablaba inglés, francés y algo de alemán. Miembro de la Asociación Internacional de Derecho Penal, fue fundadora de la Asociación Internacional de Mujeres Jueces, entidad que presidió entre 1998 y 2000. Además, fundó la Asociación de Mujeres Jueces de la Argentina. En 1974, fue nombrada secretaria general de la Cámara de Apelaciones porteña en lo Criminal y Correccional, en la dictadura se refugió en la actividad privada y volvió a la Justicia en 1984 como titular del Juzgado Q de Sentencia. En el '88 la nombraron camarista del crimen, y en el '93 en el Tribunal Oral Criminal 2. De allí partió al tribunal de La Haya.
Con fama de rebelde y garantista, se declaró “más cerca de la izquierda que de la derecha”, jugueteó alguna vez con una autodefinición como “atea militante”, y fue una ferviente feminista. Se pronunció a favor del aborto en determinados casos y de despenalizar el consumo de marihuana. Y años antes del matrimonio igualitario, había dicho: “Da lo mismo que los gays vivan juntos”.
La ministra de la Corte -una de las dos mujeres que la integraban en la actualidad- era una firme defensora de la independencia judicial y evitaba todo diálogo extraoficial con el Gobierno. “La tarea de un juez de la Corte es antipática por naturaleza porque, nuestro primer deber es ser desagradecidos con quien nos nombró”, sentenciaba.