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Rafael “Rafa” Nadal, “La furia” o como se lo quiera llamar, entró el domingo en la historia mítica del tenis. Son esos detalles que dejan a un deportista en el bronce, más allá de los resultados. La final que ganó en el Abierto de Australia, contra el ruso Daniil Medvédev, número dos del mundo, fue una verdadera metáfora de lucha contra lo imposible. Rafa venía de varios meses afuera de las canchas y “El androide”, como lo apodan al ruso, casi lo desestabiliza en el tercer set. Pero bajar a Nadal, sacarlo de sí es una tarea muy compleja. Como se sabe, el tenis es un deporte donde el factor psicológico juega, por momento, mucho más que el físico. Estar entre los primeros diez del mundo implica una disciplina y no desestabilizarse en la cancha. Y la presión que tenía Nadal era la de convertirse en el primer tenista mundial en obtener 21 torneos de Gand Slam, y marcar el récord absoluto, que lo pone por encima del serbio, Novak Djokovic, quien quedó afuera de Australia luego del escándalo por no aplicarse la vacuna contra el COVID. Nole iba a convertirse en el mejor, pero esa polémica densa para el mundo, el de estar del lado de los “antivacunas” terminó por sepultarlo para darle lugar a Rafa. El español dio una clase magistral de cómo revertir un resultado en el momento más difícil. Tenacidad, pero, sobre todo, un halo mágico que solo pueden tener los grandes, como ocurrió con Diego Armando Maradona con “la mano de Dios” en el primer gol contra Inglaterra en el Mundial 86. La comparación pareciera exagerada, pero las hazañas en el mundo del tenis son más particulares y solo tienen impacto en el “público de nicho”. Pero el juego de Rafa el domingo superó esa barrera y quedó en la historia.