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La Mañana Historias del crimen

Nati Ciccioli, una herida que sigue abierta a 29 años

Primera parte. Tenía 12 años y salió a tomar un helado con sus amigos en San Martín de los Andes. En el camino, fue víctima de desaparición forzada de persona. Nunca se supo nada.

El 16 de enero de 1994 a las 14, Natalia Ciccioli, de solo 12 años, bajaba por la Cuesta de los Andes con destino al centro de San Martín de los Andes. Llevaba $2 y la ilusión de juntarse con sus amigas y amigos para tomar un helado.

Pasaron 29 años y Nati continúa desaparecida. “Fue como si se la hubiese tragado la tierra. Hay hipótesis de todo y prueba de nada”, resumió Mirta Acosta, una mamá que pese a sus 70 años sigue buscando, “sin esperanzas”, pero tratando de disfrutar lo que le queda: sus dos hijos y nietos. Miguel Ciccioli, su esposo, murió en febrero de 2018.

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Nati es, como dice Mirta, “una herida que sigue abierta”. Una herida que expuso a una Policía torpe que cada vez que ocurrió algo en zona de cordillera ha hecho agua y también a una Justicia de época, mediocre y arrogante. Además, demostró que la política solo sostiene sus intereses; de hecho, intentaron tapar las marchas en pos del turismo. La desaparición de una niña en San Martín de los Andes era mala publicidad. La coqueta localidad cordillerana, imán para los habitantes de la Capital Federal, no podía mostrar al país su lado oscuro.

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“Dejé de creer en Dios”

En la década del 70, Mirta desembarcó con Miguel en San Martín de los Andes y echaron raíces. La vida con sus tres hijos era solo futuro. En ese lugar del mundo, ninguno de los casi 10 mil habitantes permanentes, en ese entonces, podía imaginar un hecho tan abrupto. Eso solo podía ocurrir en las grandes capitales o en el cine.

En San Martín de los Andes, la seguridad estaba garantizada por la tranquilidad y confianza que había entre vecinos.

Si había una preocupación, no inmediata, en Mirta y Miguel era el futuro de su hija mayor, que con 16 años pronto dejaría el nido para seguir la universidad.

Pero ese 16 de enero de 1994 todo se precipitó. La vida y todas las certezas que tenía Mirta se frenaron de golpe, pero de un golpe seco que la dejó grogui.

Mirta se recompuso porque sabía que no era el asalto final, que tenía que luchar, ser fuerte y resistir. Cuando toda esperanza se diluía de la faz de la tierra, de rodillas y con la mirada clavada en el cielo recurrió a su Dios creador que todo lo sabe y todo lo puede y cuyos caminos son tan misteriosos que a veces pecan de siniestros.

Así se sucedieron los días, meses y años de plegarias, así como también la ausencia de respuesta de Dios.

Después de unos años, cayó el velo de la fe y descubrió que su paraíso terrenal había devenido en infierno y su Dios, en un facineroso timador.

“Yo era católica y me volví atea. Ahora no tengo ninguna creencia religiosa. Después de mucho tiempo de pedirle a Dios una respuesta y no tenerla, me convencí de que no existe porque ni la cuidó a ella ni me brindó una respuesta a mí. A partir de ahí, dejé de pensar en la religión y todo eso. Nati y mi esposo están juntos, pero acá en mi corazón”, dijo Mirta con firme convicción.

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La nada, el vacío absoluto

Una aclaración para el lector ansioso de respuestas: no las hay. Esto habilita a que puedan suponer absolutamente cualquier hipótesis porque, de hecho, se barajaron desde las más racionales hasta otras tan irreales como absurdas.

Pero para una familia que busca, toda posibilidad, por inverosímil que parezca, sostiene la esperanza. En ese espacio tan propio y único, nadie tiene derecho de abrir juicio. Solo quien atraviesa las fauces del averno sabe lo que se vive.

La escena que da origen a la desaparición forzada de Nati es simple.

“Ese domingo (16 de enero de 1994) recuerdo que yo estaba amasando para hacer fideos y Nati me vino a pedir ayuda para cortar un jean viejo que quería convertir en short. Le dije que esperara que termine de hacer los fideos y ahí mi marido le ayudó. Así que se lo midieron y lo cortaron. Después se quedaron un rato desflecando el short porque quería usarlo para ir al centro. Luego de almorzar, me pidió ir al centro a tomar un helado porque en el camino solía encontrarse con su grupo de amigos. Como tenía 12 años, pocas veces la habíamos dejado ir al centro, unas tres o cuatro como mucho. Me acuerdo que vino por atrás mientras yo lavaba los platos, me abrazó y me dio un beso hermoso. Eso fue lo último que me dejó”, resumió Mirta.

Nati, en short y remera, tomó un buzo tipo canguro por las dudas que refrescara ya que en la cordillera el clima es cambiante. Comenzó su descenso a la ruta por la denominada Cuesta de los Andes. Era un recorrido de unos 16 minutos a pie hasta el centro. A partir de ahí, no se sabe absolutamente más nada. No hay una sola certeza, solo su desaparición.

Estos 29 años que pasaron, en términos judiciales, representan más de 5000 fojas, es decir un expediente de unos 25 cuerpos de nada porque en las horas vitales la Policía no hizo nada, amparados en esa maldita regla de la dictadura que rezaba que había que esperar 48 horas antes de denunciar una desaparición.

Esa tarde noche de domingo, tras salir sin respuestas de la Comisaría 23, los padres, amigos y vecinos dieron inicio a la búsqueda de Nati, a la que horas después se terminó sumando la Policía de pura vergüenza.

El juez del caso tardó tres meses en tomar la causa porque estaba convencido de que Nati se había ido sola, por su cuenta.

Toda esa trama de aberraciones policiales y judiciales fueron los cimientos que dieron origen en 2010 a la ley 2705 que creó el sistema Alerta Nati (por Natalia Ciccioli) para la difusión inmediata en casos de desaparición de menores de edad. Pero recién el 27 de julio de 2020 la ley fue reglamentada por decreto y se publicó en el boletín oficial. Los papelones en esta provincia parecen no tener fin.

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Hipótesis

¿Por qué son tan importantes las primeras horas tras la desaparición? Porque en estas latitudes no se producen secuestros con fines extorsivos, lo que conlleva una negociación que puede derivar en un par de días de retención de la víctima.

Lo más común, desde lo criminológico, es que la niña o niño sea secuestrado, violado y asesinado en cuestión de horas. Sus cuerpos, dependiendo de la geografía del lugar, son descartados en algún río o espejo de agua o directamente enterrados.

Y sin ser investigadora, ni criminalista, ni criminóloga, Mirta intuye que con su hija se siguió la regla básica de todo delincuente que es concretar el delito y huir sin ser visto ni descubierto.

“Para mí, un hijo de puta la agarró, la violó, la mató y enterró el cuerpo para que no lo descubran. Eso es lo que yo siento como mamá, siento que Nati está por acá cerca”, explicó Mirta, que es consciente de la compleja geografía que ofrece San Martín de los Andes con su inmensa cordillera y lagos.

Pero antes de arribar a esa certeza que reúne una serie de elementos lógicos, debieron entregarse a un torbellino de suposiciones de todo tipo y aventurarse a cada una de ellas.

Hoy, a la distancia, sonríe, pero en ese entonces “si había que seguir una mosca porque decían que tenía información de mi hija, te juro que la seguía”.

En medio de una desesperada búsqueda, hubo varios brujos y videntes que golpearon a la puerta de su casa o los llamaron.

“Llegamos a tener varios esperando afuera para hablar con nosotros. Recuerdo que un jefe de Policía de ese entonces me dijo que había hablado con una vidente y me pidió que la atendiera. La mujer me dijo que a Nati la habían secuestrado extraterrestres que le querían sacar la energía para crear una raza superior. Cosas que no tenían ningún sentido. Ahora, me pregunto qué habrá pasado por la cabeza de ese jefe policial”, relató Mirta.

Siempre dentro del rubro de lo sobrenatural, la mujer recordó: “Otra vidente nos llamó y nos dijo que a Nati la estaban llevando por Chos Malal, que podía verla llorando dentro de una camioneta blanca. Yo en la desesperación llamé a un amigo mío que trabajaba allá, le conté, se contactó con la Policía y obviamente no encontraron nada”.

En otra ocasión, otra vidente les arrojó el número 10 y la frase: “Nati está ahí golpeada y llorando”.

Mirta, Miguel y varios amigos emprendieron esa misma noche la búsqueda. “Pero no sabíamos si eran 10 metros, 10 cuadras, 10 kilómetros o qué. La mujer me dijo que me parara de espalda a la puerta de mi casa, que mirara a la izquierda y de ahí eran diez. Era de noche, salimos con mi esposo, familiares y amigos con linternas a recorrer. El único camino que había en esa dirección era el de Hua Hum. Hicimos 10 kilómetros buscando, llamando a Nati, hasta que en un momento paramos y dijimos ‘¿qué estamos haciendo acá en medio del bosque y con linternas?’. Después, pegamos la vuelta a casa. En la desesperación, uno se agarra de cualquier cosa con tal de encontrar a su hijo”, resumió con claridad su calvario.

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La familia en la mira

Vale aclarar que en toda investigación criminal es básico el análisis de cada una de las víctimas y su círculo íntimo. Es vital saber qué hacía la víctima, los lugares que frecuentaba, las personas con las que se relacionaba y cómo eran los vínculos con su familia directa.

En el caso de Nati hubo un bastardeo a la familia, lo que habla a las claras de investigadores ineptos e inescrupulosos.

“El novio que tenía mí hija mayor en ese entonces estuvo en la mira porque era un joven complicado, y después también lo investigaron a mi marido”, contó Mirta, que en ese entonces vivió todo con cierto espanto.

Esos son los escenarios donde hay que tener tacto para tratar con las víctimas; de lo contrario, lo único que se logra es destruir lo que queda. Los padres en esos momentos se reprochan muchas cosas, se sienten responsables, y el estado de sensibilidad representa un riesgo enorme.

Las sospechas de la Policía sobre Miguel tenían como raíz su afición por los caballos y las cuadreras. Para los investigadores, el hombre había entregado a su hija a una red de trata a cambio de sellar una abultada deuda.

“A él le gustaba todo eso de los caballos y hasta solía llevar al más chico. Con el tiempo se arrepintió de no haberla llevado a Nati ese domingo. Cuando surgió todo eso de la investigación, nos sentamos a charlar con él y yo le dije que si tuviera la más mínima sospecha de que él estaba involucrado, no dudaría ni un segundo en denunciarlo. Pero también le aclaré que estaba absolutamente segura de que no tenía nada que ver. Sabía quién era él y cómo era la cosa. De hecho, él se retiró de la causa como querellante y pidió que lo investigaran. Obviamente no encontraron nada”, relató Mirta.

Miguel supo en su momento resumir su pesar: “Las zapatillas mías no se las deseo a nadie, que no se las ponga nadie”.

“Ahora, no hay nada claro ni preciso. Antes teníamos la esperanza de encontrar algo (su cadáver), ahora ya ni eso”, reveló Mirta.

La llama de esperanza no se apagó de un día para otro, fue un proceso lento.

“Nunca sentí que hubiera un punto de quiebre en el que se haya cortado con todo de golpe. Fue algo que sucedió sin proponérmelo. Se fue dando que no surgía nada, se me habían agotado las ideas y no quedaba nada más por hacer que esperar. Pero siempre que surge algún dato salgo para la fiscalía”, concluyó Mirta, que vive tratando de aprovechar lo que queda, incluso el dolor.

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