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Neuquén, ciudad de “idiotas”

Camilo Ciruzzi

Esperen, dejen aclarar. No se trata de un insulto. En la antigua Grecia, el idiota era aquel que se preocupaba solo de sí mismo, de sus intereses privados y particulares, sin prestar atención a los asuntos públicos o políticos. En aquellos años, la vida pública era de gran importancia para los hombres libres. Ser un “idiota” entonces mutó a ser un idiota con la acepción actual, ya que en la democracia era considerado deshonroso no participar de ella.
La capital es la puerta de entrada a la Patagonia, lo que implica una enorme responsabilidad y esfuerzo. Neuquén no es una ciudad bella, sino más bien todo lo contrario. Crecida al amparo de la desigualdad, de los atravesamientos mezquinos de la política e intereses sectoriales, Neuquén es una ciudad de egoístas. Basurales por doquier, toneladas de escombros y chatarra rescatada de sus canales, abandono de sus monumentos, desbordes cloacales; plazas inauguradas y destrozadas con esmero; tránsito caótico y pésimos conductores; tomas miserables que coexisten con barrios cerrados; y permanentes protestas gremiales o políticas. Así es la cotidianeidad de la ciudad más grande del Sur, la que mayores riquezas concentra.
En este contexto, cabe preguntarse sobre quién recae la responsabilidad de dar un vuelco a la situación. Ahí volvemos a los vecinos que miran al costado y que por voluntad o coerción son sometidos a una realidad que los arrastra y obliga a contribuir con indiferencia al crecimiento de una ciudad fea. El futuro es promisorio, pero sin participación política (no me refiero a votar cada 2 años), difícilmente haya un salto cualitativo para una ciudad que hoy devuelve a su gente el maltrato a la que fue sometida en su crecimiento.