Guillermo Elia
Neuquén ya está incluida en forma oficial en el mapa del narcotráfico sudamericano. Sus rutas, devenidas en autopistas por la carencia de controles, conducen con facilidad hasta la cordillera.
Si bien se han incrementado las investigaciones sobre organizaciones narco en la región con certeros golpes, también se puede asegurar, sin temor a equivocarnos, que el tráfico ha crecido exponencialmente en la frontera neuquina producto de su permeabilidad.
Un punto a destacar y debatir es la escasa presencia de Gendarmería Nacional en la zona de frontera. Extraoficialmente, fuentes de la Fuerza de seguridad nacional reconocen que desde hace un par de años se ha tenido que derivar a gran parte de los agentes al cuidado del conurbano bonaerense. Y allí pierde sustancia la función principal de la Gendarmería: el cuidado de las fronteras.
Otro aspecto a destacar es que Neuquén -al ser parte de la ruta del narcotráfico- no está al margen de la problemática. Por más que no guste, hay remanentes de droga que quedan en la región para comercializar al menudeo.
Hoy, la compra-venta de drogas en los barrios de nuestra ciudad es una constante. Así, vecinales como la del barrio Sapere primero y después la del San Lorenzo han salido a denunciarlo.
Si bien la venta abierta de droga en las barriadas populares es parte del paisaje cotidiano, parece que las fuerzas de seguridad asentadas en Neuquén tienen serios problemas oculares. De no ser así, estamos obligados a sospechar de su participación en el millonario negocio del narcotráfico que atraviesa a toda la provincia.