En Neuquén hay variables económicas que se leen cada vez más en clave global. El presupuesto neuquino tiene un componente superior al 30 por ciento en las regalías petroleras, una variable atada a las vicisitudes de la geopolítica. Un par de buques reciben proyectiles en Medio Oriente, o Donald Trump habla del crudo en Twitter, y eso basta para conmover la economía local: la menor o mayor cantidad de dinero que administrará el Estado provincial en virtud de lo que ocurre a miles de kilómetros.
Eso a su vez se traslada al tenor de los salarios neuquinos, a los servicios que podrá o no contratar la provincia, ese enorme motor económico omnipresente (lo bueno y lo malo de eso) en, al menos, los últimos 50 años.
En algún punto, es una situación, la de que Neuquén pueda “puentear” por momentos la lógica económica del país y tener algunos de los mejores indicadores de empleo e inversión, que cíclicamente atraviesa la provincia. Está claro que lo que ocurre hoy, esa versión recargadísima de las joyas de la abuela que es Vaca Muerta, implica un salto de escala, algo repleto de oportunidades, al margen del auspicioso presente que atraviesa la cuenca neuquina, que día a día se las ingenia para ganar en competitividad pese a lo mucho que (hay una amplia coincidencia) resta hacer para sostener ese crecimiento.
En este contexto, empieza a tomar forma un debate acerca de los recursos que puede obtener la provincia. La renta petrolera por la aceleración del shale oil y todo lo que podría crecer la producción de gas si se alinean algunos astros, y cómo hacer de eso una base económica. Hay sectores políticos que plantean la necesidad de encorsetar esos recursos en un fondo contracíclico para momentos en los que la vaca no es tan gorda o está a régimen.
En el primer cuatrimestre del año, Neuquén obtuvo un 80% de incremento en las regalías que recibió respecto de idéntico periodo de 2018. Fue un salto importante, pero todavía del todo determinante, si bien hay varias provincias que lo quisieran, está claro. Lo que viene, una curva de crecimiento que aportará miles y miles de barriles de crudo en los próximos tres o cinco años, si los precios del Brent se mantienen en torno a los 60 dólares, es un parámetro mayor para una discusión acerca de esos ingresos futuros.
Esa situación, debiera ser entendida, también, como una oportunidad para debatir otros desarrollos posibles, al fin y al cabo poder darle contenido de una vez por todas a esa idea que cada tanto llega como un eco del pasado, de diversificar la economía provincial, tan dependiente como lo es de los hidrocarburos. Desde ya, acaso haya recursos ahí para poder sembrar las bases también de una industria que les genere valor a los enormes recursos existentes, una alternativa que queda en un peligroso segundo plano en los debates actuales, opacada por lo promisorio de la producción creciente y la generación de empleo que hoy se las ingenia para cobijar una parte importante de la demanda.
Sin embargo, otra vez, este impacto de lo global dentro de lo local le propone a Neuquén, también, la oportunidad para reinvertarse desde el impacto que pueden tener sus recursos a nivel internacional. Está claro que el país también. Pero un buen modo de volver a marcar el camino quizás sea primero empezando por casa.