Gonzalo Correa y Belén Parada subieron el cerro Corona de 2.992 metros en pleno invierno. Laguna congelada, crampones, viento y un abrazo en la cumbre.
Hay lugares que no se visitan. Se enfrentan. El cerro Corona, rey de la Cordillera del Viento, no pregunta si estás preparado. Te mira desde sus 2.992 metros y te desafía a descubrir hasta dónde podés llegar.
El pasado fin de semana, Gonzalo Correa y su pareja Belén Parada volvieron a escuchar ese llamado. Con -10°C marcando la mochila, con el agua congelada y el aliento convertido en “humo”, subieron igual. Porque para los amantes de la montaña, el invierno no es un obstáculo. Es otra forma de belleza.
Es la época en que la laguna Huinganco deja de ser agua para volverse espejo. Un espejo de hielo que mira al cielo. Y abajo, dos nortinos del corazón caminando, respirando, logrando.
Según lo informado por Gonzalo, en contacto con LM Neuquén, la salida fue el domingo 28 de junio a las 07 horas desde el estacionamiento, a la orilla del arroyo Huinganco. Punto cero de una jornada que iba a mezclar esfuerzo, frío y asombro.
El primer objetivo: la laguna Huinganco. Llegaron 9:45. En el camino, hielo y algo de nieve. “Para la época hay poca acumulación”, contó Gonzalo. Al respecto comentó que, en otras temporadas, a esta altura del año, la nieve ya los tapaba mucho antes del arroyo.
En la laguna hicieron pausa. Fotos, mate, silencio. El paisaje invernal no se apura. Y ellos tampoco. Desde ahí, partieron rumbo a la cumbre. A las 11:15 pisaron los 2992 m.s.n.m. del cerro Corona. Arriba los esperaba lo que toda subida regala: vistas increíbles de 360°, viento cortante, y ese instante de quedarse tildado. “No hay palabras ni imágenes que puedan describir ese momento mágico, único y en pleno contacto con la naturaleza en su máxima expresión”, admitió el joven con emoción.
La montaña en invierno no perdona. En la cumbre el frío fue intenso. El termómetro marcó -10°C. Tanto, que el agua que llevaban en la mochila se congeló. Es el frío que cala, que pone a prueba. El que te hace dudar en el camino, cuando el cuerpo pide volver. “Para los montañistas es también el frío que, cuando llegás, te enseña de qué estás hecho”, afirmó Gonzalo.
“Es una sensación hermosa, inexplicable”, relató luego. “Es llegar ahí y quedarte asombrado, con el corazón lleno de felicidad y paz. Darse un abrazo de felicitación por el logro”, añadió.
Porque la montaña te cansa, te hace querer bajar. Sin embargo, cuando llegás a la meta entendés todo lo que podés lograr cuando te lo proponés. Ellos ya lo saben: llevan 4 años recorriendo lugares, y al Corona lo subieron unas 10 veces o más. En remera con sol de verano. Con viento. Con nieve. Y ahora, con hielo total.
Gonzalo tiene 38, es de Chos Malal y vive en Las Ovejas hace 9 años. Belén tiene 35 y es ovejense de pura cepa. No son guías. Son amantes de la montaña que salen siempre juntos, solo ellos dos.
Trabajan en el Hospital de Área Las Ovejas. Él en Servicios Generales, limpieza y lavadero. Ella en Estadística. De lunes a viernes, bata y planilla. Fines de semana, crampones y piqueta.
“Salimos porque nos gusta y disfrutamos”, dijeron. Y se nota. Porque después de 10 ascensos al mismo cerro, todavía se abrazan en la cumbre como la primera vez.
Lo que más les impactó esta vez fue la laguna. “Prácticamente toda congelada”, describió Gonzalo. “Era como un espejo que miraba al cielo, pero con cristales de hielo bajo cero”, graficó en palabras.
Esa imagen resume el Corona invernal: belleza extrema, silencio absoluto, fragilidad. Caminar sobre hielo es caminar con respeto. Porque la montaña en esta época cambia. El sendero se tapa, el hielo aparece sin avisar.
Por eso insisten: esto no es para cualquiera. Es para los que aman la montaña y la entienden. Para los que saben que cada paso en nieve o hielo es un compromiso con la vida.
Si querés encarar el Corona en invierno, tomá nota. Lo dicen ellos, que ya lo conocen de memoria:
La montaña premia, pero también exige. Y el Corona en invierno lo hace y mucho.