Inquieta y laburante por naturaleza, convirtió sus ganas de progresar en el sostén de la familia en tiempos de crisis. Junto a su pareja, Marcelo, patean la calle con sus tortas fritas.
Marcela nació en Cipolletti, su padre murió siendo tachero y su madre aún vive, laburaron siempre en galpón de empaque, en el Flor del Prado. Familia de laburantes eternos, donde en su hogar se respiró siempre trabajo, la vida hace que no todos tengamos las mismas oportunidades y la calle principalmente es una escuela para muchos que te enseña a vivir, a los golpes, no a los golpes, a encontrar el valor de la palabra, la importancia más preciada en estos tiempos, el valor y el peso de creer en la palabra del otro.
Marcela tiene 50 años, vive en el barrio que la vio crecer, el barrio Almirante Brown, está casada con su compañero de vida, Marcelo. Juntos tuvieron tres hijos: Guillermo, Rocío y Nehuen.
Marcela siempre fue inquieta, desde pequeña. Marcelo, su compañero, era el jefe de hogar en ese entonces, pero ella quiso tener independencia y consiguió su primer trabajo: limpiar casas, se quedó con una sola. Limpiar es un arte, que no es para cualquiera. Limpiar lo ajeno como propio es un acto de amor, aparte de que tiene que ser bien remunerado.
Llegó la primera crisis de la reelección de Carlos Menem y a Marcela la despidieron, se fue con una mano tras otra sin nada para empezar otra vez de cero. Su compañero Marcelo seguía con su puesto de trabajo, Marcelo era trabajador de Interlagos (la fábrica más famosa de gaseosas de nuestra ciudad).
Marcela, se caracteriza justamente por no dar brazo a torcer, se preguntó a sí misma que es lo que mejor le salía, miró sus manos y dijo: “Cocinar”.
Marcela se levanta a las 3 am, prende los hornos en el quinchito de su casa y a las 7:30 tiene ya todo listo para empezar su recorrido. Empezó en bicicleta, hasta que en el último embarazo ya de ocho meses le dijeron que en bicicleta no podía hacerlo más.
Hace torta fritas de tamaño gigante, geométricamente perfectas. “Sí, del mismo tamaño, soy media obsesiva”, dice entre risas. Hace tostados calentitos, calzones rotos, arrolladitos y pan casero. De a poco se fue comprando las herramientas para la panificación, y por último su Zanellita, con canastos de telgopor atrás donde lleva todos sus manjares.
Siete y media arranca su motito y empieza el recorrido, la primera parada es en Leben Salud, el centro médico, donde las chicas le compran. Después se para en la puerta de la Escuela Crear y miles de pibes la esperan tras la reja: “Marce, Marce, queremos torta fritas”, de a uno de a uno que hay para todos y todas, ella se ríe con los pibes, algún que otro y otra profesora colada también le compran.
El Crear es la única escuela donde para, ya que le hicieron la pata para que venda afuera, los pibes la quieren a Marcela, las manos de ella no solamente cocinan, las manos de ella escuchan a cada pibe o piba que le habla.
Sigue su recorrido por el Corpofrut, donde la espera personal que labura ahí. Y se vuelve con sus cajas vacías.
Hasta que la crisis pegó nuevamente en su hogar: su compañero Marcelo, fue una víctima más del desempleo tras el cierre de la fábrica Interlagos. Perdió años y años de laburo, el jefe principal de hogar se sentía desolado.
Marcela, compañera como ninguna, le dio una caja con torta fritas y le dijo: “Salí a vender, que va a estar todo bien. Le daba vergüenza y yo le decía: vergüenza es otra cosa, acá solo salís a laburar, ya vas a ver…”
Marcela y Marcelo, tocayos de nombres y de espíritu de obreros, patean las calles todos los días de nuestra ciudad.
En pandemia batallaron juntos, cuando me paraba la Policía, les contaba y me decían: “Vaya con todos los recaudos, señora. Si no salíamos a vender no podíamos producir y no podíamos generar trabajo, ¿entendés?”
Marcela es creyente, tiene una sonrisa grandota, unas manos fuertes, habla de sus hijos con orgullo. Guillermo estudia para docente, Rocío también va a empezar. “Solo les digo que estudien, que es su único trabajo, que nos tienen de ejemplo a nosotros de cómo pateamos la calle y ellos tienen que estudiar para que no les pase lo mismo que a nosotros. Nehuen va a la primaria, es estudioso”.
Guillermo, colabora en el merendero en el Puente 83 y Rocío en el merendero del barrio 2 de abril. Me lo cuenta emocionada y llena de orgullo.
Marcela cree en el valor de la palabra, se crió con eso desde nena, patea la calle en su moto, recorre una punta a otra. Me cuenta que ella da fiado, porque sabe que hay gente que la está pasando mal y cree en el otro: "Son muy pocos los que me fallaron, ¿sabés? Pero quizás que ni tenía realmente para pagarme, ¿y qué la voy a dejar, que pase hambre?”
Tiene precios súper accesibles. “Es que, si está todo mal, yo también necesito vender, pero realmente pienso en el otro. A mí me compran todos laburantes, como yo, como Marcelo. Ayer fui a venderle a una chica que voy siempre y la habían echado del laburo, me partió el corazón. Tiene dos pibes que cría sola y me contó que le quedan cinco mil pesos para pasar las Fiestas. ¿Mirá si le voy a cobrar lo que capaz es lo único que come en todo el día?”.
“Siempre nos ayudamos entre los que menos tenemos, ¿si no nos ayudamos entre nosotros, quién?”.
Las manos de Marcela no solamente cocinan, las manos de Marcela contienen en épocas de crisis, las manos de Marcela son resistencia y cuando las miro, se me viene un texto de una escritora que dice:
“Hay quien tiende a pensar que lo merece todo. yo prefiero dar las gracias.
Cruzo mis manos calientes sobre el mundo, sobre la gratitud a salvo del olvido.
Pienso en todas las manos, las que abrieron las ventanas en los muros, las que besan el trigo para que haya pan, las que cortan el cuero que nos calza.
Son otras manos las que mueven los trenes, otras las que conectan las bombillas, otras las que abastecen los bazares.
Y serán otras las manos, tal vez aún no nacidas, las que caven la tierra que me habrá de cubrir”.