{# #} {# #}
Un muchacho estaciona su vehículo, ya con varios kilómetros encima, a la vera del camino y le pide tres chori: “dos con chimi suave y otro con criolla”. Luego contará que son para la “peonada” de la obra que están construyendo en Fernández Oro. Es cliente, porque como se jacta el dueño del puesto, “el que los prueba, vuelve y dicen que son los mejores”.
Cuesta no tentarse por más dieta saludable que se intente cumplir. El olorcito, encima en horas del mediodía, resulta irresistible. Por eso, llega otra señora hambrienta y la charla, entonces, debe realizarse mientras Guillermo (56 años) reaviva el fuego, corta el pan, da vuelta los chori, los condimenta…
Un carpintero le armó un puesto bien puesto, valga la redundancia. Rústico, no pasa inadvertido a la vera de la ruta 65. A falta de parrilla por razones obvias, el chulengo es su mejor aliado para cocinar los “entre 40 ó 50 sanguches diarios que vendo en verano”, que se reducen a “20 ó 30” en esta época. Heladeras para las gaseosas, servilletas, recipientes para los ingredientes son los otros elementos que se aprecian en su concurrido parador.
La pandemia, como a tantas personas, lo afectó laboralmente y hubo que cerrar la “distribuidora de alimentos para perros” que encabezaba.
Ese tiempo “guardado en casa” le sirvió para reflexionar y reinventarse. Y como en uno de sus anteriores rubros viajaba seguido y “donde había un puestito paraba porque me encantan”, fue que se animó a la aventura.
“Esta es la tercera temporada en la actividad. Al principio tenía 3 empleados pero tuve que achicarme. Estoy de martes a sábado a partir de las 11 hasta las 15 ó 16, es sacrificado por el clima. Paramos un poco en invierno y volvemos en septiembre”, anticipa la pausa que se avecina al tiempo que remueve las brasas.
“Siempre los hago con leña, tiene otro sabor”, aclara y tira otras claves de la buena aceptación que posee la popular comida que vende, en medio de la desconfianza que muchos le tienen a la venta callejera.
“Hacerlo con amor y con tiempo. Los vamos preparando desde temprano, la gente los quiere bien cocidos. La mercadería tiene que ser buena, tanto el chori como el pan”, indica y goza al ver “como los disfruta el público, el pueblo”.
Respecto a los precios, señala que “tanto el Chori parrillero como el de cerdo cuestan $ 900”.
Los bocinazos a modo de saludos son frecuentes. Guillermo se nota que es conocido y respetado por los vecinos y también por los que andan de paso. Personas que viven con lo justo en plena crisis y a las que sus precios accesibles le resuelven el almuerzo.
“Acá la mayoría de los que vienen son laburantes, trabajadores de la zona, colocadores de DirecTV, de Fibertel, gente de obra, pintores”, especifica.
Asegura cumplir con “todas las normas de sanidad, de seguridad. Se cuida la higiene, nos lavamos las manos. Para que todos lo coman tranquilos”, invita este hincha de Cipo y de Gimnasia de La Plata, ya que mis viejos “vinieron de allá cuando yo tenía 10 años”.
Papá de Germán, abogado, y de Sol, futura profesional del derecho, el marido de Marcela tiene otro oficio: “Trabajo en una fábrica de colchones, tengo una representación y vendo”.
Acepta que en la ruta “riesgos corremos, vi accidentes cerca, las motos se mandan por la banquina y es un peligro”.
Consultado sobre si sueña con un restaurante propio, afirma que “no, en otra etapa de mi vida quizá pero ya no. Sí me encantaría hacer algo similar en Mar del Plata, ciudad hermosa”.
Guillermo, a fuego lento, como los chori que prepara, salió adelante y va por más. Mientras, espera con los brazos abiertos a sus queridos clientes.