El miércoles se cumplen dos años de la muerte de Alberto Nisman. El miércoles o mañana. No se sabe. Hay elementos que sugieren que el fiscal, héroe, mártir o villano según el cristal o el medio con que se lo mire, murió el sábado 17 de enero de 2015 y no el domingo 18. Ese pequeño detalle se está investigando.
Horas antes de presentarse en la Cámara de Diputados para fundamentar su denuncia contra la entonces presidenta, lo encontraron con un balazo en la cabeza en el baño de su departamento en Puerto Madero, al que su custodia no pudo ingresar en todo el día. Aún no se sabe si lo mataron, si se suicidó o si lo instigaron a apretar el gatillo. Se está investigando, ¿vio?.
Aquella noticia que conmovió a un país y lo volvió a dividir, todos Sherlock Holmes, dueños de la verdad absoluta, tan clara a la vista que ni falta hace esperar lo que diga la Justicia, generó un cimbronazo que tuvo consecuencias en las elecciones de ese mismo año y millones de sentencias. Pero todavía ninguna de quienes deben decirnos qué pasó aquel fin de semana. Y no parece que ese día llegue pronto.
Lo único que tiene claro la Justicia es el arma homicida y que la pesquisa se hizo muy mal. Que la primera fiscal a cargo, Viviana Fein, hoy jubilada, se centró en una hipótesis y descartó las otras demasiado rápido, que se perdieron meses y pruebas valiosísimas. No se sabe si por negligencia o con malas intenciones. Tranqui, se está investigando.
En ese mar de dudas en el que se hunde uno de los casos más importantes de la historia de nuestro país, nada una certeza que no cambia con los gobiernos: el tiempo que pasa es la verdad que huye.