Tienen familia, hijos y trabajo o simplemente son amas de casa, y se pusieron como prioridad, después de muchos años de postergaciones y un sinfín de limitaciones, regresar a la escuela para terminar sus estudios primarios. Detrás de la historia de María Luisa Justiniano (ver página 4), que a los 49 años finalizó la primaria en un Centro de Educación para Adultos ubicado en el oeste de la ciudad, se desprende una infancia sin posibilidades de educarse, viviendo en situaciones de vulnerabilidad, trabajando desde chica, sin un mayor que la apoyara para educarse. Después, el paso del tiempo, ese gran tirano de la vida cotidiana, la obligó a que la educación fuera una asignatura pendiente.