Tras el golpazo (uno más y ya son cuatro) en el Mundial de Rusia, con un equipo desmembrado y un nivel individual muy por debajo de lo esperado, Lio Messi vuelve a la Selección en su mejor momento. Bah, como casi siempre.
La historia de la Pulga en el Barcelona está repleta de destellos, de semanas, meses y años en los que suma goles y récords a gusto. Ayer cerró una semana en la que metió el miércoles dos goles y dos asistencias por primera vez en su carrera en la Champions para el 5-1 frente al Lyon, y el domingo la clavó al ángulo en un hermoso tiro libre, metió el segundo tras un taco de Luis Suárez y el tecero en su cuenta personal con una vaselina magistral en un 4-1 que puso de pie a los hinchas del Betis para aplaudir a la estrella del ribal, y que deja a su equipo con 10 de ventaja sobre el Atlético, con otra liga en la mano y esperando, en cuartos de la Champions, sacarse la espina tras la supremacía del Real de Ronaldo.
Messi se sumará a la Selección otra vez en un nivel superlativo. Ojalá sea este año el de la gloria.
Los números de Messi hablan por sí solos y, encaminado a ser una vez más la Bota de Oro de la temporada europea (lleva 29 en el torneo español en 28 fechas), se sumará en estas horas al equipo de Scaloni para los amistosos ante Marruecos y Venezuela, pero con la mira puesta en el nuevo gran desafío: la Copa América 2019 en Brasil, suelo enemigo en el que acarició la gloria eterna hace cinco años.
Está claro, desde hace rato, que todo el bronce conseguido con los catalanes no le alcanzará para llegar a la altura de mito albiceleste si no corta la racha de 26 años sin títulos de la Selección. Así de injusto, así de sencillo. Su estatura como jugador a nivel mundial no se discute. Es único y está en el Olimpo de los dioses del fútbol. Mientras lo disfrutamos con la Blaugrana, el deseo para este año es el mismo de siempre. Ojalá sea en Brasil.