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El gasoducto y la otra soberanía

Las autoridades neuquinas prefirieron inaugurar la mega obra en territorio provincial, en una defensa clara del federalismo.

Para una población acostumbrada al avance lento e intermitente de las obras públicas, con el ensanche de la ruta 22 como el ejemplo más cercano y doloroso, la apuesta por abrir la llave del gasoducto Néstor Kirchner este 9 de julio parecía, de mínima, un anuncio demasiado ambicioso.

Este domingo, con la escarapela en el pecho, las autoridades nacionales se regodearon de haber culminado una obra millonaria en tiempo récord. Diez meses fueron suficientes en un contexto apretado por la inflación y la necesidad de evitar la pérdida de divisas a través de la importación de GNL.

Así, el acto – o los actos- se llenaron de simbolismo. Este 9 de julio, ganar terreno en independencia energética se leyó en Salliqueló como un gesto de soberanía. La sustitución de importaciones promete, además, fomentar el desarrollo industrial y generar así, trabajo y crecimiento para la Argentina.

Neuquén es la protagonista indiscutida de esta obra, porque son los recursos de su subsuelo los que van a llenar al gasoducto. Y es por eso que las autoridades neuquinas prefirieron inaugurarla en el kilómetro cero. Ahí, en Tratayén, al inicio de todo, como reclamando otra soberanía: la de las provincias.

Neuquén puede hacer un aporte estratégico al crecimiento del país, pero sin renunciar a sus propios intereses. No con los sudoructos de Berbel sino con una actividad planificada a través del cuidado ambiental, una cadena de valor que genere trabajo e innovación y una apuesta irrenunciable por la ampliación de la matriz productiva.

Si es cierto que no hay desarrollo industrial sin soberanía energética, tiene que ser cierto también que no hay verdadera soberanía sin federalismo. Cortar una cinta en Tratayén es otro grito a favor del crecimiento con equilibrio territorial. Y este 9 de julio fue, otra vez, para las provincias, para los unidos. Y para los del Sur.