El fútbol, se sabe, es una pasión difícil de mensurar en este país. Cuando rueda la pelota, muchos se olvidan de todo el resto. Se puede organizar un Mundial (y ganarlo y festejarlo a pleno) en medio de una dictadura sangrienta, o definir un torneo a final de año con el país en llamas para no arruinar la esperada vuelta olímpica de un equipo grande luego de 35 años.
En el resto de Sudamérica, se sabe, ocurre algo bastante parecido. Y hasta cuando se intenta copiar lo bueno de la organización europea, el tiro sale por la culata. Después de la histórica final de la Copa Libertadores suspendida del año pasado, trasladada contra natura y por muchos millones a Madrid, este 2019 inauguraba una nueva era: la de la sede única, fija, que evitaría los problemas que se dieron en el Monumental con el arribo del micro de Boca. Pero la Conmebol suele patearla bastante seguido a la tribuna y cuando apunta algo mejor, también la pifia, por desgracia.
El estadio Nacional de Santiago debería recibir a River y a Flamengo el 23 de noviembre. Pero las manifestaciones multitudinarias y la crisis en Chile ya llevan tres semanas y decenas de muertos. Hasta ahora, la dirigencia continental hizo la vista gorda, esperando un guiño de la suerte. Pero no hay caso. Por eso llamó hoy a los dirigentes de los dos clubes, de las tres asociaciones (Argentina, Brasil y Chile) y a los organizadores para ver qué hacen.
Si hay que dar un volantazo para garantizar la seguridad, debería ser ahora, con las entradas a la venta y miles de hinchas con su plan armado para cruzar la cordillera. Tras el papelón de hace un año, la Conmebol no tiene mucho margen. Pero sobre los negocios y las pasiones, aun las más intensas, deberían primar otros intereses, un poquito más importantes.