La final ante Central por la Supercopa Argentina la ganó con la suerte de su lado en los penales. Parecía que había dejado atrás el karma, que se había sacado la mufa de encima, aunque el peso de las coronas fuera demasiado distinto. Pero anoche no ligó y perdió otra vez un duelo decisivo. Sin hacer goles, mostrando errores en el arco y en la defensa que pagó carísimo, sucumbiendo ante un rival respetable pero que viene de descender, con un material humano muy diferente y otras presiones.
El Boca de Gustavo Alfaro está en tablas en sus dos partidos a todo o nada, pero el golpe que recibió en Córdoba tiene otra fuerza, capaz de poner en un lugar incómodo al entrenador y, sobre todo, a los jugadores. La final de Madrid pesa en los hombros de muchos en el plantel y ellos mismos lo dejan claro: en Boca hay que ganar siempre.
El plantel y el DT de Boca afrontarán el próximo semestre con la misma presión: ganar la Copa Libertadores.
“Tendríamos que haber aprendido. En las finales no podemos cometer los errores que cometimos”, dijo Carlos Tévez, líder de un vestuario que tendrá menos de dos meses para recargar pilas y buscar revancha. Hay una sola. Se llama Copa Libertadores. Es en ese torneo en el que se jugará el destino de los jugadores y del DT.
En un año político, la derrota de ayer castiga aún más a la administración de Angelici, que tiene una deuda enorme a la hora de hablar de títulos de peso y que se irá a fin de año con seis trofeos locales y ninguno internacional. Salvo, claro, que conquiste la Libertadores. De ese certamen dependerán el sello que deje su gestión, hasta ahora deficitario dentro de la cancha, y la suerte de Alfaro. Sin historia en el club, el técnico tiene sobre él la pesada herencia del Bernabéu y un grupo golpeado para afrontar lo que viene.