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Otros asuntos para todos

Fernando Castro.

La hora de “otros asuntos” es ese momento en el que los diputados “hacen uso de la palabra” para aludir a los temas más peregrinos. Es de lo más jugoso y entretenido que sucede durante una sesión legislativa. Es, también, parte del máximo de verdad al que se puede aspirar en un recinto. Son unos cuantos minutos en que un legislador puede homenajear a un dibujito animado (“por su mensaje”), reivindicar un hecho histórico publicado en la contratapa de un diario, acordarse del único preso que había en su pueblo cuando era chiquito. Una especie de agujero negro o lucha libre en el barro en la que casi todo vale. En ocasiones, con más energía y emoción que la que utilizan para tratar una exención impositiva a empresarios y designar un juez, los “representantes del pueblo” se entregan a sesudas reivindicaciones desde lo más profundo de su ser. Suele haber recuerdos disparatados que no van en desdeño de su nobleza: así, desfilan luchas obreras con imprecisiones variadas, aniversarios fulgurantes en su capricho y condenas que naufragan en su falta de contexto. El relato de esta suerte de confesión (ese intersticio de la existencia que nos muestra tan imperfectos como podemos ser) puede estar acompañado de lágrimas. Hay apasionadas muestras de solidaridad entre pares: un diputado (forzando hasta el paroxismo su caballerosidad) puede prestarle el hombro al llanto de una par en las antípodas de su pensamiento. Si lo merece, un orador puede recibir el aplauso cerrado del recinto. Hay, nobleza obliga, excepciones. Son extrañas, como un neón titilante en la estepa de Quintuco. Si uno quisiera conocer por completo cómo piensa un diputado no se lo debería perder. La verdad está en otros asuntos.