Bogotá (Télam) > A 20 años de su muerte, la figura del mítico jefe del Cartel de Medellín, amado por los antioqueños más pobres y odiado por muchos otros colombianos, es ineludible a la hora de contar la historia contemporánea de Colombia, que todavía trata de salir del lugar internacional en que la ubicó ese paradigma de la violencia y el poder desmedido, apodado “El Patrón del Mal”.
Pablo Escobar Gaviria fue uno de los fundadores del Cartel de Medellín. Un hombre poderoso que se hizo desde abajo en el delito. Robaba automóviles y trabajaba como matón a sueldo del contrabandista Alfredo Gómez López.
Comenzó a gestar su imperio como reducidor de objetos robados y con el contrabando en pequeña escala. En poco tiempo se introdujo en el tráfico de estupefacientes, primero con la marihuana y luego la cocaína.
Robin Hood de Medellín
Comprendió que para crecer necesitaba un paraguas político. Necesitaba seguidores, y fue a buscarlos adonde ningún dirigente tradicional lo hacía: entre los más pobres.
En las laderas de Medellín, a las que ahora llegan el metrocable y las escaleras eléctricas, estaban los más pobres. Escobar decidió invertir parte de sus ganancias en beneficios para esa gente.
Levantó un barrio de 780 viviendas unifamiliares que se bautizó Medellín Sin Tugurios, pero se conoció más popularmente como “el barrio de Pablo Escobar”. En unas laderas hizo instalar agua corriente, en otras edificó escuelas y también hizo construir cerca de 50 canchas de futbol.
Miles de beneficiados comenzaron a idolatrarlo y le permitieron ser elegido diputado suplente en 1982.
Drogas y política
Escobar era ambicioso y no tenía escrúpulos. Impuso en Medellín “la ley plata o plomo”, según la cual funcionarios, policías y militares tenían dos alternativas: o aceptaban sobornos para hacer lo que quisiera o eran asesinados a balazos.
Para ese entonces ya había fundado la organización paramilitar Muerte A Secuestradores (MAS), que se dedicaba a combatir la guerrilla del M-19.
Pero la política y su actividad como narcotraficante a gran escala, con la que amasaba una fortuna que llegaría a ser la más grande de Colombia y que lo ubicaba entre las personas más ricas del mundo, eran incompatibles. La prensa comenzó a develar lo que se escondía detrás de su figura y el Congreso le quitó la inmunidad parlamentaria. Pasó de político influyente a delincuente perseguido.
En 1983 la DEA lo rotuló como narcotraficante y Estados Unidos pidió su extradición. El gobierno de Belisario Betancur aceptó el pedido y Escobar, que ya estaba en la clandestinidad, le declaró la guerra al Estado colombiano.
Entre otras acciones, el “zar de la droga” ordenó un atentado terrorista contra un avión de Avianca en el que suponía que viajaba el presidente César Gaviria. El mandatario no estaba a bordo, pero la explosión del Boeing 727, a poco de despegar el 27 de noviembre de 1989 con destino a Cali, mató a 107 personas.
Las autoridades lo vinculan al asesinato de más de 10.000 personas en sus años de reinado del terror. Se le atribuye la colocación de más de 250 bombas y varias decenas de masacres que dejaron un saldo de 1.142 civiles muertos, sin contar las miles de víctimas colaterales.
El final anunciado
Escobar fue capturado por la policía colombiana -muchos dicen que se entregó-, pero, en vez de ser alojado en una cárcel común, logró, gracias a su poder económico y político, transformar su lujosa finca “La Catedral” en su cárcel personal.
Pese a vivir a cuerpo de rey -y continuar con su negocio- en su “prisión VIP”, el Patrón se fugó. Esto obligó al Gobierno a crear el llamado “Bloque de Búsqueda”, un cuerpo de élite dedicado exclusivamente a hallarlo. Lo logró un año y cuatro meses más tarde, gracias a seis llamadas que Escobar le hizo a su hijo.
Fue acorralado y trató de huir corriendo por un tejado, pero recibió varios disparos, uno de ellos en el corazón, que le causó la muerte en forma instantánea. Era el 2 de diciembre de 1993.
“Soy un mafioso, y los mafiosos morimos jóvenes y morimos a bala”, había dicho premonitoriamente 13 años antes, cuando recién comenzaba a ser el rey del narcotráfico.
Un sencilla lápida estilo zen, compuesta por un rectángulo lleno de pequeñas piedras blancas de cuarzo y dos bonsai de pino que crecen desordenadamente, son el último testimonio del Escobar. Está acompañada por su madre, Hermilda Gaviria, y Álvaro de Jesús “Limón” Agudelo, el escolta que murió con él. Desde su lugar de reposo se ve Medellín.
Victoria Eugenia Henao, su viuda, y sus hijos, Juan Pablo y Manuela, se refugiaron en Argentina luego de su muerte.
La familia pidió perdón
Bogotá (Télam) > El legendario capo narcotraficante colombiano Pablo Escobar Gaviria fue recordado ayer por una hermana y su hijo, Juan Pablo, en la víspera del vigésimo aniversario de su muerte.
Luz Marina Escobar encabezó una ceremonia en el cementerio Jardines Montesacro, de Medellín, que incluyó una misa, como “homenaje a las víctimas de la violencia del narcotráfico, y específicamente de la que impuso Pablo” y con el propósito de que “germine” la “semilla del perdón en el corazón de cada uno”.
“Tengo tantos sentimientos encontrados, ojalá abran sus corazones para el perdón”, dijo Luz María. “A veces siento que yo hubiera podido hacer algo, en ese momento de su guerra y de su lucha, por las víctimas, y para que él no dañara su vida como la dañó”, agregó.
Chivo expiatorio
En tanto, Juan Pablo Marroquín, hijo de Escobar y actual empresario textil, afirmó que su padre era un personaje contradictorio, muy generoso pero muy violento, del cual “aún no se ha escrito la verdadera historia” y hay sobre él “muchísimas teorías pero ninguna certeza”.
“Mi padre sirve en Colombia como un gigantesco chivo expiatorio al que se le han atribuido delitos que fueron cometidos por otros; eso es muy fácil: si él, el fallecido Pablo Escobar, asume la culpa de todo, ya no hace falta seguir hablando ni investigando y así están todos satisfechos”, dijo Marroquín, quien cambió su apellido tras la muerte de su progenitor.