Cien mil personas, divididas en dos partes iguales y sin ningún “pulmón” en el medio, vibraron el sábado con la final de la Copa del Rey entre Barcelona y el Bilbao. Compartieron y disfrutaron en paz, adentro y afuera del Camp Nou.
La postal en la previa eran miles de vascos mezclados con la parcialidad local en las calles de Barcelona. Violencia cero. Lo único que exasperó los ánimos vino desde adentro, cuando Neymar sobró a sus rivales sobre el final. Sin embargo, quedó como una anécdota y en las tribunas siguió la fiesta. Ellos lo viven así, como un espectáculo.
A miles y miles de kilómetros, los catalogamos de fríos, de aburridos y creemos que no entienden el folclore. Bancamos durante años un programa como El aguante, donde se jugaba al límite con la apología a los barras.
Con el “panadero-gate” en el foco de la tormenta, se reclaman soluciones de fondo. Respuestas serias para acabar con el mal que envuelve al deporte más lindo, ese que nos emociona, que nos entristece, que nos hace discutir por horas, ese que permite que el más débil le pueda ganar al más fuerte. Ahora, todos debemos aportar un poquito para que esto cambie. Este fin de semana, en Neuquén y en un partido de inferiores, hubo una batalla campal con los grandes como protagonistas. En Argentina, los padres se transformaron en el mal que aqueja a las formativas. Presionan a sus hijos, son agresivos con los demás y generan un clima muy alejado de lo ideal para los niños. Y, en este contexto, uno escucha a una mamá que se queja de cómo se dieron los incidentes en ese partido de Lifune, pero increíblemente no ve con malos ojos el insulto a los árbitros. Sí, señores, justifica agredir al referí en un partido de ¡sexta división! Así estamos.