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“La realidad supera la ficción”, reza un conocido refrán que, una y otra vez se constata en los insólitos acontecimientos que se dan en la vida real. La historia de Pedro Luca, un tucumano de 87 años que vive solo en una cueva ubicada en una montaña a 1700 metros de altura, es un claro ejemplo de que el refrán es muy certero.
La historia de este hombre que adoptó un estilo de vida ancestral es tan rica como extraordinaria y merece ser contada. Pedro tenía solo 3 meses cuando quedó huérfano, entonces fue criado por sus abuelos hasta los 20 años, y a partir de ese momento decidió cambiar su vida para siempre. Salió a recorrer el Noroeste argentino en busca de nuevos destinos. Pasó por Salta, Jujuy, Catamarca, y Santiago del Estero, hasta que decidió volver a San Pedro de Colalao, su lugar de origen. Allí se quedó, en la cueva. Su hogar hace más de 60 años. Él dice que descubrió este bosque, y por eso se quedó ahí. Lejos de todo. Baja solo una vez al mes al pueblo, en un trayecto que demanda cerca de 5 horas.
Para conocer su particular estilo de vida, y con ayuda de guías, el periodista tucumano Edy Cifre viajó a San Pedro de Colaao y llegó a la cueva de Don Pedro. De otra forma “es imposible. El recorrido es increíble, rodeado de un paisaje esplendoroso. La naturaleza y la tranquilidad reinan. Se pasa por un bosque de pino, con ríos pequeños, aguas cristalinas, frescas, ricas. No vive nadie en esa zona. Naturaleza pura. Dejás la moto y empezás a caminar por un sendero que está bien marcado pero que es sumamente necesario ir con un guía, baqueano, que conozca el sitio, porque te podés perder. Las yungas tucumanas, los cerros y demás, te invitan a perderte. Hubo unos enduristas que iban a recorrer la zona, y estaban aislados, sin combustible y comunicación, ya que la señal de móvil no funciona, es deficiente. Los bomberos de Trancas llegaron y los rescataron. Es imprescindible ir con un guía”, contó el periodista.
Cómo llegar a la cueva
La misma se encuentra a unos 110 kilómetros de San Miguel de Tucumán, y se llega a través de la Ruta Nacional número 9. Después, “te desvías y hay unos kilómetros más hasta llegar a San Pedro. Desde el casco de la villa turística de San Pedro de Colalao, a unos 10 kilómetros, se encuentra el Puente del Indio. Se puede arribar en auto o en moto hasta un determinado punto, luego solo en moto, y en el tramo final caminando”, remarca Edy.
A partir de ese punto, se sube una pendiente, “de dificultad moderada”, recuerda, y señala: “Llegás a 1700 metros; podés apunarte por la altura, y tenés otros 50 minutos hasta Puente del Indio. Es impresionante, unas formaciones rocosas increíbles, se puede contemplar toda la zona de San Pedro. Desde el puente, bajamos para visitar a Don Luca. Será una hora y veinte más de caminata”.
Pedro Luca no cuenta con electricidad, menos teléfono móvil, ni hablar de radio a pila. Nada. Vive completamente aislado. Come de lo que caza con su escopeta. Aves generalmente, aunque trata de no matar. “Cuando lo hace es porque tiene que comer”, precisa Edy.
El hogar de Pedro
La cueva mide cerca de 7, 8 metros de largo por 3 de profundidad. Cuando llueve, increíblemente el interior no se moja “por la forma que castiga la lluvia”, remarca Pedro.
En su caverna no tiene mesa. Para sentarse, acomoda unos troncos de madera que hacen las veces de sillas. La cama se compone de un colchón sostenido por unas “patitas” metálicas. También tiene muchas colchas y su ropa la mantiene a un costado. Además, preserva una “parrillita” que se encuentra al ras del piso, una pava, y el agua la consume del río que pasa cerca de su hogar. “Es agua pura, riquísima”, sostiene Edy.
Pedro no sabe lo que es el coronavirus, tampoco que se desató una guerra en Ucrania. Afirma que vive “cincuenta mil veces más tranquilo que en cualquier otro lugar” y convive con cientos de animales que, según él, son sus fieles amigos. En la zona hay pumas, serpientes, y demás, pero él no les tiene miedo. “Insiste con que pueden comerse a cualquiera menos a él”, rememora Edy.
Si bien no convive con seres humanos, Pedro comparte sus días rodeado de cabras, una vaca, y un caballo, aunque raramente no tiene perros y gatos. Se levanta muy temprano, a las 5 de la mañana, y se acuesta cerca de las 20. Pasa la noche en vela cuando va de cacería, se ilumina con una fogata y permanece despierto si el momento lo amerita. Su vida es esa. Las 24 horas. Los 365 días del año.