Promediaba la mañana en Neuquén y el tránsito era vertiginoso, frenético, por momentos histérico. Los autos circulaban por Leloir por una y otra mano, como si fueran parte de una peregrinación interminable con destinos dispares e inciertos. En un momento, un auto rozó a otro, tras una mala maniobra. No alcanzó a ser un choque, pero sí fue motivo para que ambos conductores se bajaran de sus vehículos como si los coches se estuvieran incendiando. La discusión duró poco, después de una catarata de insultos que uno y otro se vomitaron con gestos desencajados. Y cuando no hubo nada más para decir y las yugulares estaban hinchadas de sangre, se agarraron a trompadas, como si fueran dos pibes peleándose durante un partido de fútbol; pero no eran dos pibes, eran adultos que protagonizaron ayer una pelea increíble delante de decenas de personas que fueron testigos de un brote de ira, mezclado con locura y estupidez. La intolerancia en Neuquén parece ser la moneda corriente de los últimos tiempos. Probablemente no sea algo propio de estos rincones de la Patagonia, pero llama la atención la manera que tiene la gente de reaccionar ante situaciones que no lo valen, por ejemplo, una frenada o un pequeño raspón del que seguramente se hará cargo el seguro. Lo de ayer fue un ejemplo más que se suma al de automovilistas que golpean a inspectores, que se resisten con violencia ante una inminente multa o que huyen a toda velocidad como si escaparan de una condena segura a cadena perpetua. Se trata de un nuevo episodio de crispación y de un instante de sinrazón. Lo increíble, es que todos -o al menos una gran mayoría- se quejan de lo violenta que está la sociedad. ¿No es una paradoja?