En el mundo altamente competitivo en el que vivimos, no resulta extraño que muchas parejas compitan entre sí. Compiten tanto por cosas grandes como por pequeñas: quién manda en casa, el amor de sus hijos, quién es más exitoso en su vida laboral, quién luce más joven, etc. En el fondo se trata de una lucha por el poder que llega a convertirse en su manera de comunicarse. Y, aunque resulte duro admitirlo, es muy probable que sus integrantes no se amen realmente, sino que amen lo que tiene el otro y se envidien.
También podría ocurrir que estén juntos no por amor, sino por una fuerte necesidad de controlarse mutuamente. Acompañan al otro pero con una motivación interna negativa: para comprobar dónde va, con quién está y qué hace el otro. Un rasgo común en estos casos es la existencia de celos tóxicos.
¿Cuál es la principal característica de una persona que compite con su compañero/a? La inseguridad. Por eso, todo el tiempo necesita demostrarles a los demás que está en una pareja perfecta. Que el otro lo ridiculice y ponga en evidencia sus debilidades es algo imperdonable. Es así como, tarde o temprano, llegará el pase de facturas.
La persona con falta de seguridad en sí misma, cuando discute sobre algún tema, siempre busca ganar la discusión y tener la razón. En una conversación con su pareja no le interesa el resultado final (para el bien mutuo), sino no dejarse manipular por el otro. “A mí nadie me va a decir lo que yo tengo que hacer”, suele ser su frase favorita. Le teme grandemente al “fantasma del sometimiento” y, con tal de no ceder, se involucra en peleas que sólo causan dolor y sufrimiento.
Quien se comporta de esa forma se ha olvidado de que tiene en frente a un ser humano que siente y sufre y, en el caso de la pareja, alguien con quien un día decidió armar un proyecto común, más allá de cómo sea su presente.
Toda vez que los miembros de una pareja poseen puntos de vista diferentes, entran en un círculo tóxico que no deja de crecer y de un detalle insignificante pueden pasar a vivir una batalla campal, sin tener idea de cómo llegaron a eso y, mucho menos, de cómo es posible salir de eso.
Dos personas que están involucradas en una relación de pareja sana aceptan las diferencias, están siempre dispuestas a escuchar al otro y ceden en ocasiones. Esto último lo hacen de manera alternada (saben negociar). Ninguno de los dos siente que pierde o gana, sino que son conscientes de que lo importante es que ambos ganen, porque así gana la pareja.
No necesitamos competir con nadie, mucho menos con nuestra pareja. Si lo hacemos, no sólo vivimos comparándonos todo el tiempo, sino que además perdemos de vista nuestros puntos fuertes y capacidades, las características que nos hacen seres únicos e irrepetibles.
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