ver más

Pecados de vanidad: las apariencias a veces engañan

En el último tiempo, los especialistas están dispuestos a beber malos vinos en nombre de la novedad. Y a presentarlos como si fueran valiosas creaciones.

Joaquín Hidalgo

Especial

Hay buenos vinos y malos vinos. A los primeros se los reconoce porque dan gusto y, si bien pueden resultar incómodos, rara vez son lo suficientemente disonantes como para dejarlos de lado. Mientras que los malos vinos son francamente intomables. Lo curioso de estos tiempos es que, en nombre de una diversidad creativa, incluso malos vinos son presentados como buenos. Es un fenómeno sospechoso aunque no propio del mundo del vino.

En las últimas semanas nos pasó varias veces. En ferias de distribuidores o en seminarios, se pusieron sobre la mesa vinos con defectos bajo el noble título de la libertad creativa.

Los casos

Uno, en la última Premium Tasting llevada a cabo en Mendoza a comienzos de agosto, y de la que hablamos incluso en esta misma columna, se realizó una cata de vinos elaborados con uvas criollas. El asunto es interesante, porque las criollas acumulan tantas hectáreas como la bonarda en nuestro país. De modo que quien encuentre la piedra filosofal de un estilo de vino tiene también la llave de un negocio clave capaz de volver a la vida a regiones caídas en el olvido. Pero de eso no trató el seminario.

El periodista Patricio Tapia fue el encargado de llevar adelante el panel y de invitar a los productores. Mientras que El Esteco Old Vines 2016 y 2017 estaban en esa fina sintonía entre un estilo nuevo y sabroso, aunque incómodo para el consumidor, los casos de Notro 2016 y Santa Cruz Colla 2016, elaborados de forma artesanal en Chile, eran dos vinos con defectos notables: acidez volátil tipo vinagre en ambos, el primero además estaba hecho con uva tan verde que daba la sensación de chupar un tallo. El público prefirió un piadoso silencio a una actitud combativa.

Otro caso. En la degustación de Ozono Drinks, distribuidor de logradas especialidades vínicas, que tuvo lugar en julio pasado, hubo un puñado de buenos tintos como Bocado Malbec 2016 o Analúa Malbec 2013, mientras que otros rosados ofrecían claros defectos: Plop Cabernet Fran Rosé 2017 y Cara Sur Moscatel Rosado 2017, ambos con volátil elevada y acidez mordiente. Los bebedores presentes se avergonzaban de no entenderlos.

No son los únicos y esto tampoco es un ataque a esos productores. Hay otros tantos vinos con defectos en el mercado y en toda gama de precio. Lo que llama nuestra atención es que en esos lugares y ante cierto público entendido se presentara el defecto como un valor novedoso, como positivo. Casi como un descubrimiento destinado a engordar la vanidad de los especialistas, como el cuento aquel del vestido del rey desnudo.

El rey desnudo

En toda tarea creativa no sólo está bien asumir riesgos, sino que es deseable y al mismo tiempo destacable. Y lo que sucede a menudo con los buenos creadores es que no convierten sus fallas en obras terminadas. Por el contrario, las respetan como ensayos y errores propios de una búsqueda, que conservan en privado.

Pero suelen ser sus seguidores, dispuestos a alimentar el círculo de allegados con la última novedad, quienes convierten lo que sería un pifie en la gloria de la que sólo ellos tienen noticia y sobre la que se regodean. Tenemos la intuición -con perdón incluso de opinar tan abiertamente- de que eso es lo que sucede hoy en el mundo del vino.

Lo hablábamos con la sommelier Paz Levinson en privado -también en su paso por la Premium Tasting- sólo que desde veredas opuestas. Mientras que ambos defendíamos el riesgo creativo, nuestras opiniones quedaban separadas entre lo que es tomable y lo que no. Y ahí es donde amerita pensar un poco: todo vino que sirva para abrir una brecha gustativa es valiente, aunque la valentía no sea un atributo gustativo. Y al mismo tiempo, es igual de valiente evitar la ficción snob de que lo intomable es rico porque otros lo afirman como entendidos.

Es ahí donde creemos que el vino queda entrampado en el viejo cuento del rey desnudo: si el bebedor especializado no se refleja con guiños cada vez más sofisticados, pareciera que pierde su estatus de entendido. Y al cabo, en la búsqueda de la sofisticación se termina presentando el defecto como novedad, que el resto no entiende, y en ese razonamiento el que está equivocado, claro, es el que no entiende la virtud de lo intomable.