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Perder el cole por un poema

Al joven de gorra con visera plana de un equipo de la NBA y mochila al hombro no le importó en lo más mínimo perder el colectivo de la línea 17 que arrancó presuroso con los otros pasajeros que querían llegar cuanto antes a destino. En ese instante, la garita sobre la calle Leloir frente al Concejo Deliberante se convirtió para aquel joven en lo más parecido a una biblioteca en la que, quizás, descubrió por primera vez el encanto de la poesía de una tal Irma Cuña, que según supo estudió en Francia, vivió en Neuquén y habló del viento; ese mismo viento que el que se había levantado esa tarde de lectura.

La imagen del joven absorto frente al poema de la autora de El riesgo y el olvido, entre otros libros, cumplió su objetivo principal: fomentar la lectura mientras se espera la llegada del colectivo y, por qué no, perderlo para continuar leyendo. Por qué no pensar que ese joven, impulsado por la palabra poética continuará con ese hábito en otro lugar.

En estos tiempos donde la sociedad está con la vista clavada en la pantalla del celular, el proyecto de replicar las paradas lectoras en otros catorce puntos de la ciudad debe ser bienvenida por quienes habitamos esta ciudad. Una acción positiva de educación permanente, dijo uno de los concejales que impulsaron esta iniciativa, aprobada a mediados del año pasado.

Sin duda, Irma Cuña hubiera disfrutado con una carcajada expansiva la situación del joven con gorra de la NBA perdiéndose el colectivo para terminar leyendo sus versos: “¡Oh viento, viento largo!/ Sacúdeme por dentro/ dispersa mis antiguas memorias y recuerdos/ arrastra los temores/ porfiados como el tiempo/ y deja entre mis manos/ la calma del desierto”.

Las paradas lectoras son un desafío en estos tiempos en que la vista está clavada en el celular.