Las solapas de los libros de Felipe Pigna tienen tantos títulos, galardones y trabajos referidos, que si las copiáramos no alcanzaría esta columna para citarlos a todos. Lo hemos visto en la tele, lo escuchamos en radio y además -y sobre todo- lo leímos: desde sus “Mitos de la historia Argentina”, cuya primera edición cumple diez años de venta indiscutida, a “Lo pasado pensado”, “Libertadores de América” y “Evita, jirones de su vida”, cuenta casi una veintena de títulos hiteros. Porque Pigna sabe escribir y también sabe generar interés sobre lo que escribe.
Y ahora se mete con el vino. Editado por Planeta (329 páginas, 169 pesos), su nuevo libro plantea un recorrido por un tema que estaba vacante en nuestra historia: la bebida nacional. “Al gran pueblo argentino, salud”, tal como se llama, recorre los derroteros del vino argentino de la colonia a la fecha. Con ustedes, Felipe Pigna, el bebedor de vinos en tiempo presente.
¿Qué fue lo que te atrapó del vino para escribir sobre él?
Que ante todo es una bebida social. No es un plan egoísta, como el whisky solitario, que sirve para ahogar las penas o para hacerlas flotar. Es algo que se comparte y que ocupa un lugar entre la gente. Y esa condición social, para un historiador, es como tener servido en bandeja su alimento.
Sin embargo, no hay muchos títulos sobre el tema.
Es verdad. Hay libros académicos muy buenos, pero poco conocidos, escritos por historiadores excelentes, como los del mendocino Pablo Lacoste, pero no existía un libro pensado para los consumidores. Y un poco entre la curiosidad social del vino y otro poco por esta vacante en las lecturas fue que hará dos años decidí encarar el libro.
¿Cómo empezaste?
Es curioso, porque el inicio del libro fue una charla que tuvimos con José Alberto Zuccardi. En esa charla, el bodeguero me alentó a escribir una obra que diera cuenta de la historia del vino en Argentina. Y me lo tomé en serio.
¿Qué aprendiste en el camino?
Que la del vino no es una industria para apurados. Y que, por ello, genera una burguesía muy particular dentro de la Argentina: una que pasó del cultivo de una fruta a su industria, una burguesía vinculada a la transformación. Por eso el vino tiene cosas únicas. Por ejemplo, una estructura social muy particular en América: sobre 310 mil hectáreas de cultivo en el país hay 30 mil propietarios.
Digamos que te sedujo porque involucra a mayor cantidad de actores.
Sí. La del vino, contrariamente a su imagen publicitaria, no es una historia de la alta sociedad. Involucra a los sectores populares a gran escala: como productores y consumidores. Con el valor extra de ser la historia de un producto rico, que estimula la subjetividad de esas personas y participa de la forma en que viven y perciben lo que viven.
¿Cambió tu manera de beber vinos con este libro?
Absolutamente. Ahora veo todo esto dentro de una copa. La gente del vino tiene pasión por lo que hace. Se les va la vida en ello. Lo vi en todas las entrevistas que hice para el libro, que fueron muchas.
También, imagino, que te habrás apasionado con muchos vinos.
Muchos. Y muy buenos algunos de ellos. No fue un libro fácil de escribir (se ríe).
¿Qué vino descubriste?
Ahora estoy con el Cabernet Franc, me tiene fascinado. Pero me gustan mucho los Malbec de Mendoza y el Torrontés de Salta en general.
¿Y el Pinot Noir?
Me gusta mucho. Pero no soy un gran conocedor de vinos.
No parece. ¿Sabías de vinos antes de empezar el libro?
Lo básico. Un poco por mi padre, que me formó el gusto. Él era el representante de la Camerata Bariloche y viajaba mucho. Siempre traía vinos de La Rioja, del Duero.
Lo que va quedando claro es que como historiador sos un buen tomador de vinos.
Cierto (vuelve a reírse). Es que tengo un buen mentor en esto: Juan Martín Guevara, el hermano del Che, con su tienda Epicúreos. Él me guía en las compras y me recomienda siempre buenos vinos.