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Niño, niña, niñe, niñx, infancias, niñeces. Ayer escuchamos y leímos hasta el cansancio estas palabras para saludar a todas esas personitas a las que le asignaron un día del año para agasajarlas y homenajearlas.
Podría ser una buena acción o una linda expresión de deseo de inclusión si las estadísticas o los números duros sobre la minoridad en la Argentina fueran -aunque sea- relativamente favorables. Pero no lo son.
Casi un 60 por ciento de los niños menores de 14 años ya estaba sumido en la pobreza en el segundo semestre del año pasado, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec) y todo indica que cuando se termine el año esa cifra se mantenga o sea aún mayor todavía. La cifra es abrumadora, pero se siente peor todavía cuando se conoce que el año pasado, 1,1 millones de chicos se desvincularon de sus escuelas -según las estadísticas oficiales- y que aumentó el trabajo infantil y la desnutrición de manera alarmante. La pandemia no hizo otra cosa que agravar un panorama que ya venía oscuro desde hace tiempo.
La palabra “inclusión”, otra de las que tanto se utilizan insistentemente en tiempos de vocabularios políticamente correctos, debería comenzar a reflejarse en acciones concretas de una vez por todas. Si fuera en épocas pre electorales, mejor.
Porque lo importante tiene que ser la solución de los problemas, que en este caso no es otra cosa que sacar a millones de chicos de la pobreza. Lo menos urgente son los eufemismos o las palabras que suenan lindas, pero que están vacías; términos sin sustento -que como dice el dicho- rascan donde no pica.