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Por más, y por Máxima

Luciano Carrera

Luciano Carrera

Si valía sembrar algunas dudas sobre el enorme valor del triunfo albiceleste -más allá del espacio que todavía hay en el vaso medio vacío-, se despejaron un rato después, cuando el aguante costarricense casi obra un milagro con pocos antecedentes mundialistas. Persiguiendo aún su mejor modelo (no es el Pocho, que la rompe más en las redes sociales que en la cancha, obligado a hacer toda la banda), el equipo de Sabella se sacó un estigma de 24 años. No es poco. Casi la mitad de los argentinos (17 millones) no había nacido cuando “Diego los gambeteó y el Cani los vacunó”, cuando el Goyco se hizo gigante ante una Yugoslavia que ya no existe y superamos por última vez los cuartos de final de una Copa del Mundo. Hay que recordar el golpe letal del ‘94, el golazo de Bergkamp, los madrugones trágicos del 2002 y a los alemanes disfrazados de verdugos por duplicado para entender cuánto valen estos festejos. Había que verle la cara a Mascherano, rodillas en el suelo, desencajado, para entender lo que pesaba esa racha maldita. Nada se ganó, y en un país exitista como pocos, en el que Higuaín puede pasar de villano a héroe merced a una definición perfecta, perder en semifinales será un mazazo. Pero ahora es tiempo de soñar. Porque apenas un paso nos separa de la final perfecta, sea con Brasil o Alemania. Porque Holanda aplastó a España en el debut, pero después se hizo un equipo mortal como el resto. Porque Messi está entero y la defensa más sólida que aquella que nos hacía temblar el corazón. Porque también en el ‘86 Bilardo metió mano en cuartos y encontró el equipo que hoy nos sale de memoria. Porque ganarle a la Holanda de Robben y preguntarle “qué se siente” a Máxima no es un imposible. Porque tardamos tanto en volver a jugar los siete partidos es que hay que disfrutarlo.