Durante el proceso de elección, las jóvenes son sometidas a pruebas de baile y desfiles. Un jurado compuesto por funcionarios y personas destacadas de la sociedad, como religiosos o empresarios, evalúa a cada una de ellas. En segundo plano, las mujeres deben responder preguntas de cultura general que ponen en tela de juicio su inteligencia porque, además de lindas, deben demostrar que son inteligentes, que son capaces de algo.
El hecho de que ser madre sea motivo de descalificación sólo refuerza el carácter sexista de este tipo de certámenes, pero poner el foco en si es válido o no este requisito no debe desviar la atención de cómo promueven la objetivación de la mujer y de los valores que inculcan o las consecuencias que tienen entre niñas y adolescentes.
Ser mujer no es llevar un cuerpo que debe mostrarse, ni hay físicos perfectos ni tenemos por qué ajustarnos a medidas arbitrarias a las que la mayoría de las mujeres no nos acercamos. Tampoco una mujer es ni más ni menos que un hombre o es objeto para ser evaluado como un producto que debe cumplir con ciertas normas antes de salir al mercado. ¿Reinas para qué o reinas para quién? En un momento en que la lucha por la igualdad de género y en contra de todo tipo de violencia contra las mujeres es eje de muchos reclamos, las autoridades políticas y sociales que promueven este tipo de concursos deberían replantearse la contradicción que subyace en su continuidad.