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La Mañana

Ricardo y Enrique, los hijos guerrilleros de Don Felipe

Fueron asesinados por las fuerzas represivas de la dictadura con una diferencia de cuatro meses. Ambos eran cuadros de la organización Montoneros.

Mario Cippitelli
cippitellim@lmneuquen.com.ar

Desde el mismo momento en que pasaron a la clandestinidad sabían que la muerte estaba a la vuelta de cada esquina, de cada refugio o escondite. Lo sabían ellos, lo temían sus familiares y amigos.
Ricardo y Enrique Sapag habían dejado sus estudios universitarios para sumarse a la lucha armada de la organización Montoneros. Llegaron a La Plata desde Neuquén, donde su padre, Felipe Sapag, había asumido la gobernación en 1973.
Los jóvenes eran los dos varones más chicos de la familia compuesta por Luis (el mayor de todos) y Silvia. Ambos habían nacido en Neuquén, ciudad que Felipe eligió cuando emigró de Cutral Co.
Los dos hermanos tenían una excelente relación pese a los cuatro años de diferencia que Ricardo le llevaba a Enrique. Caíto, como lo llamaban su familia y sus amigos, era un líder, y su hermano menor le tenía una gran admiración. Lo escuchaba atento en sus reflexiones políticas y sus análisis sobre la actualidad. Coincidía en todo y pocas veces se enfrentaba con él por algo en lo que no estuviera de acuerdo.
En realidad, en el seno de la familia Sapag, se hablaba mucho de política. Era el tema de conversación obligado en cada reunión, más aún cuando comenzaba la década del 70 y el país se encaminaba a ingresar en una de las épocas más oscuras de la historia argentina. La ruptura de Juan Domingo Perón con Montoneros, en aquel recordado 1 de mayo de 1974, había desencantado a miles de jóvenes que participaban activamente en esa agrupación con aires revolucionarios y que tenían como único objetivo lograr una sociedad más justa y con mayor equidad social. Así lo entendía y repetía Caíto una y otra vez en cada charla con amigos, de manera apasionada. Decía que la revolución era posible y que sería el punto de inflexión para el nacimiento de otro país.
Caíto era un tipo muy sensible a la pobreza y a las desigualdades. Sus pensamientos no parecían los de un joven pintón y bien plantado como él, proveniente de una familia acomodada a la que nunca le había faltado nada. Quienes lo conocieron coinciden en que era un tipo brillante, buen amigo y dispuesto siempre a ayudar a quien lo necesitara.
La vida de Caíto cambió radicalmente el 10 de diciembre de 1975, cuando participó en una operación para secuestrar al Brigadier Mayor Alí Luis Ypres Corbat, Comandante de Operaciones de la Fuerza Aérea, con el objetivo de someterlo a juicio revolucionario. Se lo acusaba de haber participado de manera directa en la represión contra el pueblo. Caíto, a quien en ese entonces ya lo llamaban por su nombre de guerra Tata, había sido elegido para esa operación porque estaba haciendo el servicio militar como secretario de Corbat. Pero el intento de detención fracasó. Durante la operación, Corbat resultó gravemente herido, al igual que su custodio y el propio Caíto, que recibió un balazo en el pie. A partir de ese momento pasó a la clandestinidad.
“Para que ustedes puedan entender mi actitud de asumir la lucha armada, deben remontarse a los innumerables esfuerzos que hemos hecho para reencauzar este proceso. Nosotros, el auténtico peronismo, fuimos anunciando la traición enquistada en el Movimiento y en el gobierno desde antes de la muerte del general Perón, fuimos los primeros en desenmascarar a López Rega, en exigir la democratización del Movimiento y democracia sindical”, dijo en una carta dirigida a su familia. En esa misiva tampoco ahorró críticas hacia su padre. “Yo tengo una gran pena porque esta crisis ha llegado a nuestra familia, tengo una gran pena, porque usted, Papá, lo quiera o no, está gobernando con los enemigos del pueblo...”, sostuvo.
La noticia del atentado a Corbat y el pase a la clandestinidad de Caíto fue un golpe muy duro para el entonces gobernador Felipe Sapag, quien decidió presentar la renuncia a su cargo. Sin embargo, la Legislatura neuquina rechazó su dimisión y lo ratificó como el mandatario que había resultado electo en los comicios de 1973.
La vida clandestina de Caíto o Tata, que había asumido la jefatura de la Sección de Combate “Tito Taverna”, con jurisdicción en los distritos de Quilmes, Berazategui y Florencio Varela, siguió durante un año y medio más. El 30 de junio de 1977 fue emboscado por una patrulla de la Policía bonaerense a la altura del kilómetro 12 de la Ruta Nacional N°2, en Florencio Varela.
Un ex montonero que actuaba de soplón del Ejército lo delató y le dio a las fuerzas de seguridad detalles precisos de su ubicación. Caíto murió acribillado y su cuerpo fue enterrado como NN en el cementerio de La Plata. Gestiones de Don Felipe ante las fuerzas militares (ya había dejado la gobernación por el golpe de Estado de 1976) le permitieron recuperar el cadáver de su hijo recién 12 días después. El trámite se realizó en el mismo cementerio y a punta de fusil. La escena fue desgarradora. Según el relato de Silvia Sapag en una entrevista concedida a Clarín, cuando abrieron el ataúd, su madre dijo: “Tiene las manos” y su padre se las acarició. Minutos antes, el encargado de la funeraria que habían contratado les había advertido que probablemente el cuerpo hubiese estado sin las manos, ya que era habitual esta mutilación para evitar futuros reconocimientos.
Todavía llorando la muerte de Caíto, Felipe Sapag y su esposa se pusieron como objetivo salvar a su hijo más chico, Enrique, también militante de Montoneros, cuyo paradero era desconocido y corría la misma suerte que el mayor.
Enrique (Missi para sus compañeros) tenía apenas 19 años y vivía temporalmente en varias casas para garantizar su seguridad. Apenas murió Caíto, él mismo se encargó de comunicarse con sus padres para expresarles que estaba bien, pero también para ratificarles su decisión de seguir el mismo camino de su hermano. Lo hizo a través de una carta enviada a la familia en la que resaltó las cualidades de Caíto y les pidió a sus seres queridos que entiendan que su muerte  no había sido en vano. “Yo tampoco admito eso de ‘Pobre Enrique, ahora está solo’. No, Enrique no está solo, está bien acompañado. Claro que necesitaría unos mimitos de mi familia, pero no se preocupen: Enrique está de novio y goza de unos mimos cualitativamente superiores. Me va a costar mucho vivir sin Caito. Tanto o más que a ustedes. Pero hacer, construir mi vida, es una obligación que no debo eludir y que no voy a eludir”, dijo en aquella misiva.
Enrique era distinto a Caíto en su forma de ser. No era tan serio y vivía haciendo bromas y riéndose de todo. Hasta tenía algunas actitudes, pese a sus 19 años, que lo hacían más aniñado que cualquier otro joven de su edad. Así lo recuerda el escritor Miguel Bonasso, quien lo hospedó durante dos meses en la vivienda clandestina que compartía con su mujer y sus dos hijos. Enrique no sabía quiénes eran aquellas personas que se habían encariñado tanto con él, al punto de tratarlo como un hijo. Bonasso tampoco. Se enteraría luego en el exilio que aquel chico de sonrisa permanente que se llamaba Missi, con el que tenía largas charlas para hablar de la vida o de política y que disfrutaba haciendo artesanías en papel maché era en realidad el hijo del conocido caudillo neuquino. Se lo recordaría a sus padres en dos cartas que él y su mujer enviarían posteriormente a sus padres desde el exilio.
Felipe Sapag, mientras tanto, elaboraba alguna estrategia para salvar a su hijo de las garras de la dictadura que, de a poco, se iban cerrando sobre Montoneros y el resto de los grupos revolucionarios.
En uno de los contactos que logró mantener con Enrique le pidió que abandonara la organización y que se fuera del país. Le dijo que él lo ayudaría. Enrique le contestó que era casi imposible, que para irse al exilio necesitaba un permiso de la cúpula de la organización.
Entonces Felipe no lo dudó y en octubre de 1977 viajó a España junto con su esposa Chela para entrevistarse con Mario Eduardo Firmenich. “Si no lo autorizan a irse del país lo van a matar, y ya perdimos a un hijo”, le dijo Felipe al líder montonero. Firmenich accedió al pedido y les prometió que se ocuparía del caso personalmente. Sin embargo, la ayuda llegaría tarde.
El 17 de octubre, un par de días después de aquella entrevista,  Enrique cayó acribillado durante una “operación miliciana” de apoyo a una huelga ferroviaria en Berazategui. Bonasso relata en su libro Diario de un clandestino, que el pelotón montonero “cruzó un colectivo sobre las vías. Los otros milicianos pudieron escapar, pero el Missi desenfundó y les tiró hasta que los tipos, que eran muchos más y estaban mucho mejor armados que él, lo abatieron”.
Felipe se enteró de la muerte de su segundo hijo en Madrid, lugar donde se había quedado para esperarlo. El milagro de tenerlo a salvo se había esfumado. Se cerraba un capítulo trágico en la vida de la familia Sapag.
Los restos de Ricardo y Enrique fueron trasladados desde La Plata a Neuquén. En la actualidad, descansan en el panteón que tiene la familia en el cementerio central de la ciudad.

Fuentes: Libros: Diario de un clandestino, de Miguel Bonasso. El desafío, de Felipe Sapag. Página web: “Montoneros Silvestres: historias de resistencia a la dictadura militar en la Zona Sur del Conurbano”. Entrevista a Luis Sapag.
 

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