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Salvemos al chancho, Pechi

Daniel Capalbo
No es un chancho sino un lechoncito. De 8 a 10 kilos por ahora. Y no es oveja, aunque su dueño, Adrián, que lo ha convertido en mascota, lo saque a pastar por la Avenida Olascoaga. Tiene este hombre que lo mima la inhumana certeza de que un día el chanchito irá a parar al asador, que es lo que terminan haciendo todos los bichos.
El chancho se reconoce al grito de Charly y camina al encuentro. Es dócil y manso. Su mejor amiga es Lola, una perra rottweiler capaz de comer un brazo del dueño dadas las circunstancias, pero fiel custodia del lechoncito. Que además tiene capacidades reducidas ya que es rengo, y por eso lo asiste y lo vigila. Pero es rengo de verdad. No es que se hace el distraído, como dice el refrán campero.
Ahora imaginen la situación: cuando alguien llega con su auto al lavadero, Adrián, el patrón, sale a saludar con sus mascotas a un lado. A la izquierda va Charly con paso incierto; a la derecha, Lola, desafiante. A ninguno de ellos les importa al parecer la ordenanza que excluye al chancho de la tenencia de animales domésticos, pero Adrián sabe que tarde o temprano deberá ceder ante la ley. Digamos, cuando Charly alcance los 300 kilos o el Municipio lo intime. 
Será la hora de la verdad: ¿Cómo pretenden que él, que lo crió de chanchito, clave en su cuello un cuchillo porque la ley lo ordenó? ¿Y el amor, qué? ¿Cómo ver a los tiernos ojos de Charly y decirle “no va más”? ¿Cómo explicarle a Lola que ya no tendrá a quien cuidar? La verdad, es tan serio el caso que bien podría ameritar una movilización popular para salvar su vida exigiendo una simple excepción legal. 
Marchemos al Monumento. 
Salvemos al chancho Charly, Pechi.