Lo que hizo Jorge Sampaoli es horrible. Fea por donde se la mire, su actitud y su muy desafortunada frase merecen la crítica de todos. Tal vez no alcance con las disculpas públicas que expresó enseguida para limpiar su imagen, golpeada por el destrato hacia el agente de tránsito al que desobedeció y ninguneó algo nublado por el festejo extendido y bien regado por el casamiento de su hija. Pero de ahí a pedir que lo lapiden en la plaza de Casilda hay un trecho, mucho más amplio aún que la grieta que nos separa y que generó que muchos lo destrozaran en las redes sociales por su conocida simpatía con el kirchnerismo.
“En un país normal, habría renunciado al otro día”, dicen algunos. Es verdad. Tanto como que en un país normal nadie hubiese tirado pirotecnia estando prohibida, pero el domingo Neuquén se convirtió en el clásico estruendo de Nochebuena a las doce de la noche, convirtiendo en sufrimiento la celebración de muchos.
En un país normal, nadie manejaría alcoholizado poniendo en riesgo su vida y la de los otros, más si existe una norma, conocida por todos, de alcohol cero. Pero en la madrugada navideña la dirección de Tránsito registró 25 casos de alcoholemia positiva en la ciudad y secuestró más de un centenar de vehículos solo en un puñadito de controles.
En un país normal, muchas de las cosas que ocurren en el nuestro no pasarían. Ni cerca. Cambiar esa realidad es una tarea larga, compleja y que nos involucra a todos. Bueno sería que empecemos a sembrar ese cambio exigiéndoles a las personas públicas, como Sampaoli, que no las hagan más. Bueno sería, también, que modifiquemos nuestras malas costumbres para, entonces sí, poder poner tan alta la vara de la moral.
Tal vez no alcancen sus disculpas públicas, pero de ahí a pedir que lo lapiden hay un largo trecho.